una exposición que propone detenerse ante habitaciones casi vacías, figuras de espaldas y una paleta sobria para apreciar el «ojo que escucha» de Hammershøi

La retrospectiva dedicada a Vilhelm Hammershøi en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza plantea una experiencia visual que obliga a la pausa. Reunidas en Madrid, 89 obras entre óleos y dibujos —acompañadas por piezas de contemporáneos— permiten rastrear la evolución de un pintor que convirtió lo doméstico en territorio de investigación pictórica.
La exposición, comisariada por Clara Marcellán, sitúa al visitante frente a la economía de medios que caracteriza la obra de Hammershøi: gamas restringidas de color, composiciones sobrias y una iluminación lateral que estructura el espacio.
Lejos de la anécdota, estos lienzos trabajan sobre la percepción: la sensación de presencia y ausencia, el volumen de la luz y el ritmo silencioso de las habitaciones.
Titulada El ojo que escucha, la muestra invita a entender la pintura como un acto de atención: no solo ver, sino «oír» la textura de la luz, el polvo flotando en los rayos solares y el peso de una figura de espaldas frente a una pared desnuda. Después de su paso por Madrid, la retrospectiva viajará a la Kunsthaus Zürich.
Una estética de la escucha
Hammershøi (Copenhague, 1864–1916) desarrolló un lenguaje visual entre el naturalismo y el simbolismo, pero su rasgo distintivo fue la manera en que trató la luz y el silencio. Formado en la Real Academia Danesa y en las Frie Studieskoler, viajó a Holanda para ver a los maestros del siglo XVII y se le ha llegado a llamar el «Vermeer danés» por la afinidad en la organización espacial y la luz lateral. Sin embargo, su propuesta no es mimética: seleccionó una paleta estrecha —blancos rotos, grises, marrones y negros— para concentrar la tensión emocional en lo mínimo. Esa restricción cromática funciona como un dispositivo de atención que refuerza la presencia de los objetos y las figuras.
Interiores, figuras y el motivo de ida
Una parte sustancial de su producción se centra en habitaciones y en retratos íntimos. Entre las obras incluidas en la retrospectiva, destacan representaciones de Ida Ilsted, su esposa y protagonista recurrente, a menudo vista de espaldas o absorta. Esa figura de espaldas se convirtió en un emblema: no busca la mirada del espectador, sino que ordena el espacio desde la retirada. Los retratos dobles del matrimonio muestran cómo la distancia entre figuras y la desnudez del fondo crean relaciones de tensión contenida.
Strandgade 30: taller y laboratorio
El número 30 de Strandgade, en Christianshavn, fue el escenario doméstico donde pintó más de sesenta interiores entre 1898 y 1909. La disposición de las habitaciones comunicadas y la variación sutil de la incidencia lumínica le ofrecieron un laboratorio para estudiar cambios casi imperceptibles: una puerta entreabierta, el giro de un mueble o el desplazamiento de la luz a lo largo del día. Obras como Rayos de sol o Motitas de polvo registran estos instantes con una precisión que bordea lo meditativo.
Retratos, ciudad y resonancias contemporáneas
Además de interiores, Hammershøi pintó retratos de amigos y músicos y vistas urbanas de Copenhague sin transeúntes. Sus plazas elevadas y sus fachadas deshabitadas enfatizan la idea de una ciudad privada, desprovista del bullicio. Los retratos musicales, como el del violonchelista Henry Bramsen, vinculan su pintura con la experiencia sonora: la música aparece como otra forma de recogimiento que acompaña la imagen. Esta relación con la música es uno de los ejes que justifica el título de la muestra y establece paralelos con artistas abstractos contemporáneos a Hammershøi, que exploraron la analogía entre sonido y color.
Trayectoria y valoración
A lo largo de su vida, Hammershøi recibió reconocimientos como el Grand Prix en Roma en 1911, año en que también se autorretrató con el pincel en la mano. Diagnosticado de cáncer de laringe en 1914, falleció en 1916. Tras décadas de relativo olvido frente a las vanguardias, su obra fue revalorada desde los años ochenta mediante retrospectivas internacionales: el Musée d’Orsay le dedicó una exposición en 1997-1998 y en 2007 fue puesto en diálogo con el cineasta Carl Theodor Dreyer. En mayo de, una de sus piezas alcanzó en subasta un récord para el artista, confirmando el interés sostenido del mercado y del público.
La muestra del Thyssen organiza la producción del pintor en seis secciones —Obertura; Retratos y figuras; Ida; Interiores. Conversaciones silenciosas; Paisajes rítmicos; Años finales— y la pone en relación con la colección permanente del museo.
