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Antonio Tejero y el 23-F: el asalto que marcó la democracia española

Antonio Tejero lideró el asalto al Congreso el 23-F; lo que pretendía ser un regreso al pasado terminó por reforzar la democracia y cerrar una etapa histórica

La figura de Antonio Tejero vuelve a la discusión pública cuando su papel en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 se recuerda como un episodio decisivo para la joven democracia española. Aquel día, un grupo de militares y guardias civiles liderados por Tejero irrumpió en el hemiciclo con armas y gritos que quedaron grabados en la memoria colectiva.

La imagen del tricornio, el bigote y la orden de «se sienten, coño» simboliza tanto la amenaza concreta que supuso el asalto como el punto de inflexión que permitió a la democracia consolidarse.

El asalto no fue una acción aislada ni meramente teatral: formó parte de la resistencia de amplios sectores franquistas contra los cambios políticos que se estaban produciendo en España.

Sin embargo, el golpe fracasó y sus efectos fueron paradójicos: en lugar de restaurar un régimen autoritario, la intentona expuso la fortaleza institucional que terminó por blindar el proceso democrático.

El asalto y su desarrollo

En el momento cúspide del incidente, cuando se votaba la investidura, Tejero y sus hombres tomaron el Congreso, disparando al techo y obligando a los diputados a permanecer inmóviles. La escena fue de gran tensión y llegó a sembrar el temor de una fractura mayor en el país. Al mismo tiempo, en Valencia, el teniente general Jaime Milans del Bosch sacó tropas y carros de combate a la calle, intentando ofrecer apoyo militar a la operación. Esa coordinación parcial entre fuerzas mostró que el golpe contaba con apoyos diversos dentro del aparato militar, aunque insuficientes para consumar una restauración autoritaria.

Imágenes y símbolos

Las fotografías y las frases del día —la pistola apuntando al techo, el tricornio, el grito imperativo— se convirtieron en iconos que resumieron el episodio. Esos símbolos no solo reflejaron la violencia física del acto, sino también la persistencia de una mentalidad que no aceptaba la pluralidad política. La contundencia de esas imágenes contribuyó a que la sociedad civil y las instituciones interpretaran el 23-F como una amenaza real a la convivencia democrática.

La respuesta que selló el fracaso

Varios factores concatenados explican por qué el golpe no prosperó. La declaración pública del Rey Juan Carlos I en defensa de la Constitución fue determinante: su aparición ante las cámaras rechazando la sublevación desactivó el relato golpista y dejó aislados a los militares implicados. Además, la falta de coordinación entre los sublevados, la resistencia institucional dentro del propio Congreso y la firmeza de determinados líderes políticos y civiles impidieron que la acción se transformara en un poder alternativo.

Consecuencias políticas

El fracaso del golpe aceleró la consolidación de la Transición y supuso, para muchos analistas, el final simbólico del franquismo como fuerza política efectiva. La repulsa social y la confirmación de la legalidad democrática facilitaron que España continuara su camino hacia una democracia más estable, cerrando la posibilidad a una intervención militar en el corto plazo. La figura de Tejero quedó asociada a un pasado que la mayoría quería superar, y su destino personal —expulsión del cuerpo, condena y posterior libertad condicional— sirvió para subrayar el rechazo institucional a ese tipo de acciones.

Memoria y legado

Más de cuatro décadas después, el intento de golpe y la figura de Tejero siguen siendo objeto de análisis y debates. Para algunos historiadores y escritores, el 23-F representa el acto que permitió a España afirmar sus instituciones; para otros, es la prueba de que las heridas del pasado franquista tardaron en cerrarse. En cualquier caso, la lectura pública de estos hechos resalta la importancia de las respuestas democráticas frente a la coacción y la violencia política.

El episodio también dejó enseñanzas sobre la fragilidad de los procesos de transición política y sobre la necesidad de fortalecer mecanismos civiles y militares que garanticen la subordinación de las fuerzas armadas al poder civil. La historia de Antonio Tejero y el 23-F, con todos sus matices, funciona como recordatorio de que la defensa de la constitución y la participación cívica son esenciales para mantener la democracia.


Contacto:
John Carter

Doce años como corresponsal en zonas de conflicto para importantes medios internacionales, entre Irak y Afganistán. Aprendió que los hechos vienen antes que las opiniones y que cada historia tiene al menos dos caras. Hoy aplica el mismo rigor a las noticias diarias: verificar, contextualizar, informar. Sin sensacionalismo, solo lo que está verificado.