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Mascaradas tradicionales en Castilla y León: entre rito y renacimiento

Una mirada a las mascaradas de Castilla y León: su origen, su función social, las amenazas que afrontan y las iniciativas que las mantienen vivas

Mascaradas tradicionales en Castilla y León: entre rito y renacimiento

Cada año, en pueblos de Castilla y León, jóvenes y mayores recuperan una estampa que mezcla misterio y humor: personas con máscaras y trajes que encarnan figuras antiguas recorren las calles para representar antiguas rutinas comunitarias. Estas celebraciones no son una versión del carnaval; forman parte de un ciclo ritual invernal que los vecinos recuperan y reinventan gracias al trabajo de asociaciones locales como Aires de Aliste o federaciones como Mascaraza y Mascarávila.

A simple vista parecen escenas de teatro popular, pero detrás hay elementos simbólicos y decisiones colectivas que mantienen la identidad de pueblos golpeados por la emigración y la despoblación.

Las llamadas mascaradas de invierno guardan un vínculo con los ritmos agrícolas y pastoriles: muchas de estas fiestas surgieron en momentos de transición del trabajo del campo, cuando los vecinos podían celebrar y pedir prosperidad para la próxima temporada.

El repertorio incluye utensilios rurales (como el arado o la hoz), máscaras zoomorfas o demoníacas y personajes que combinan lo cómico con lo ritual. Ese cóctel de simbolismo, música y comensalidad explica por qué la tradición sigue siendo un punto de encuentro intergeneracional.

Origen y significado

Los investigadores suelen vincular estas prácticas a ritos prerromanos asociados a la fertilidad y al paso del solsticio invernal, localizados en los llamados doce días mágicos entre Navidad y Reyes. Aunque no existe una única explicación histórica, la hipótesis más extendida sostiene que las mascaradas servían para purificar la comunidad, ahuyentar males y asegurar la fecundidad de campos y ganados. La tipología de las máscaras refleja la relación económica del pueblo: en zonas pastoriles predominan formas más demoníacas, mientras que en áreas agrícolas aparecen máscaras de vaca o toro, símbolos de abundancia y fuerza.

Personajes, recorrido y fiesta

En cada localidad los participantes montan una pequeña representación itinerante que combina burla y ritos de petición del aguinaldo. Los personajes actúan, asustan a los transeúntes, bromean y terminan en encuentros donde la comida, la bebida y a veces hogueras cierran la jornada. Edilberto Rodríguez, vinculado al entroido de Pombriego, recuerda que no solo quienes se visten forman parte del evento: quienes observan desde la barra del bar o se acercan a mirar también son actores de la fiesta, porque el vínculo comunitario se construye tanto en la acción como en la mirada.

Elementos distintivos

Entre los elementos más reconocibles de las mascaradas figuran las máscaras (humanas, zoomorfas o monstruosas), el uso de instrumentos agrícolas y roles claramente definidos que reproducen escenas de la vida rural. El caballo, por ejemplo, aparece como símbolo de las almas de los antepasados en algunas comarcas, y la presencia de objetos liés al trabajo reafirma la relación entre la celebración y la memoria productiva del pueblo. Estas piezas materializan una historia que muchas veces se transmitió de forma oral hasta su reciente recuperación.

Retos, prohibiciones y recuperación

Las mascaradas han sufrido prohibiciones históricas que las llevaron al borde del olvido; durante la dictadura muchas desaparecieron y su rescate comenzó gracias al impulso vecinal y juvenil décadas después. Hoy se enfrentan a un doble reto: la despoblación y la falta de apoyo institucional estable. No obstante, gracias a federaciones y asociaciones han conseguido mecanismos de supervivencia: festivales itinerantes, cambios de fecha para facilitar la participación —como en Pobladura de Aliste— y programas que llevan la tradición a pueblos con menos población activa, acciones que han devuelto energía a celebraciones casi olvidadas.

Iniciativas y protagonismo juvenil

Proyectos como los festivales de Mascarávila y la labor de publicaciones locales como La Perdiz Roja buscan acercar la tradición a las nuevas generaciones. El resultado es un doble movimiento: por un lado, jóvenes que regresan desde ciudades para participar y, por otro, una difusión renovada a través de redes sociales y música que ensalza raíces tradicionales (grupos como La M.O.D.A. o artistas emergentes mencionados por vecinos). Eventos recientes, incluyendo una pequeña representación en Madrid durante el I Desfile de Mascaradas el 21 de febrero de 2026, muestran que la visibilidad ayuda a consolidar apoyos y turistas.

Por qué importan las mascaradas

Más allá del folclore, estas manifestaciones funcionan como motores de identidad y de cohesión social: fomentan el trabajo colectivo, la transmisión intergeneracional y ofrecen a los pueblos herramientas simbólicas para su revitalización. Voces como las de Javier Silva o Mercedes Martín recalcan la necesidad de recursos estables por parte de las instituciones para que no dependan únicamente del voluntariado. Mientras tanto, comunidades y jóvenes continúan tejiendo redes que mantienen vivas celebraciones que fueron declaradas Bien de Interés Cultural en 2026 y que siguen siendo un patrimonio vivo en transformación.


Contacto:
Carmen Delgado

Periodista de actualidad y cultura pop, 13 anos en medios digitales. Licenciada UCM.