Irán gestiona el estrecho de Ormuz como herramienta de presión; el bloqueo estadounidense, los movimientos de barcos sancionados y los controles en la isla de Larak generan incertidumbre en las rutas comerciales

El estrecho de Ormuz, corredor vital por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial y una proporción significativa de gas natural licuado, se ha convertido en un tablero de tensión entre Teherán y Washington. Tras el alto el fuego acordado el 8 de abril, las autoridades iraníes han impuesto controles continuos que, según la Guardia Revolucionaria, buscan garantizar la seguridad de la zona; en la práctica, sin embargo, han transformado el paso en un instrumento de poder.
La concurrencia de medidas iraníes y el cerco naval estadounidense ha reducido el tráfico a mínimos y ha sembrado confusión entre armadores y aseguradoras.
En paralelo, el bloqueo impuesto por Estados Unidos —culminación de una estrategia adoptada después de la fallida ronda de conversaciones celebrada el día 11 en Islamabad— ha llevado al despliegue de una flota y de medios aéreos en el golfo de Omán.
El resultado es un panorama donde conviven avisos de interceptación, maniobras de regreso de buques y movimientos que sugieren intentos de sortear las restricciones. Actores del sector y plataformas de seguimiento describen la situación con una palabra recurrente: confusión.
Herramientas de control en manos de Teherán
Irán ha introducido una ruta coordinada que obliga a los barcos a aproximarse a aguas próximas a su costa y a pasar por la isla de Larak, donde la Guardia Revolucionaria ha establecido un punto de control. Según testimonios y declaraciones parlamentarias, en ocasiones se requiere un pago para completar el trámite, algo que expertos en derecho internacional consideran ilegal. La exigencia de transitar por estos puntos y la petición de permisos se han convertido en mecanismos efectivos para filtrar el tráfico: solo se autoriza, dicen las autoridades, a embarcaciones que no transporten carga vinculada a estados «hostiles», y cada paso por Ormuz queda sometido a la supervisión de Teherán.
Ruta coordinada y riesgo de minas
Para justificar el desvío de los itinerarios tradicionales, el régimen sostiene que la parte central del estrecho está minada, circunstancia que no ha podido ser verificada de forma independiente y que genera reticencia en los capitanes. Ese argumento facilita que la navegación se concentre cerca de la costa iraní y, por ende, bajo la gestión de las autoridades persas. El resultado es una nueva normalidad: tránsito limitado, comprobaciones y, en ocasiones, incidentes armados que recuerdan que la soberanía sobre esa franja de mar está ahora en el centro del conflicto político y militar.
La respuesta y el cerco estadounidense
Washington respondió con medidas de presión propias: bloqueo del tráfico hacia y desde puertos iraníes, vigilancia aérea y el envío de unidades navales al área. El Pentágono anunció que fuerzas en la región han forzado a varias embarcaciones a dar la vuelta, e incluso informó en redes sociales que, tras 72 horas de aplicación, 14 buques retornaron obedeciendo órdenes estadounidenses. No obstante, plataformas de seguimiento han registrado movimientos contradictorios: buques sancionados que cambiaron rumbo, otros que siguieron la ruta marcada por Irán, y nombres concretos como Rich Starry, Zaynar 2, Neshat, RHN o Alicia aparecen asociados a maniobras que alimentan la percepción de una aplicación imperfecta del cerco.
Evasión y doble narrativa
Analistas marítimos han detectado tácticas para sortear las restricciones: algunos buques declaran como destino puertos de terceros, otros bordean la costa iraní y algunos anclan en puntos próximos a Bandar Abbas. Estas acciones sugieren que, pese a la capacidad visible de interdicción, existen grietas operativas que permiten el tránsito de determinadas cargas. La coexistencia de un despliegue naval robusto y movimientos de buques sancionados alimenta la incertidumbre y obliga a operadores a replantear rutas y calendarios.
Impacto en la navegación y las negociaciones
El tráfico en Ormuz se mantiene lejos de cifras habituales: antes del conflicto, por la vía transitaban más de un centenar de embarcaciones diarias; ahora rara vez se contabilizan más de una decena. Asociaciones del sector como Intertanko recomiendan evitar la zona y postergar viajes que la crucen, mientras aseguradoras y operadores descuentan un riesgo elevado. En el plano diplomático, la posesión efectiva del paso refrenda la posición de Irán en cualquier negociación: su plan de diez puntos, presentado en su momento, aludía explícitamente al control sobre Ormuz y la Casa Blanca llegó a calificar ese plan de «viable», lo que deja abierta la posibilidad de incorporar el tema en futuras conversaciones.
En definitiva, la guerra ha puesto en manos de Irán una palanca estratégica. Con la ruta bajo su supervisión y la amenaza constante de nuevas agresiones externas, Teherán tiene razones para mantener el control mientras lo juzgue necesario. La cuestión sigue sobre la mesa: ¿se negociará el tránsito del estrecho como parte de un acuerdo mayor, o permanecerá este corredor como una carta de seguridad para el régimen persa? La respuesta condicionará no solo la seguridad regional sino también el flujo energético global.
