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Entendiendo la violencia extrema a través de la psicología y criminología

Juan Enrique Soto comparte su visión sobre la violencia y el mal en su libro El rostro del mal.

La lluvia caía con fuerza en Madrid cuando Juan Enrique Soto llegó a la cita. Este escenario casi hostil contrasta irónicamente con el tema que iba a abordar: la violencia extrema y sus orígenes. Soto, un psicólogo y miembro de la policía nacional, ha dedicado más de tres décadas a estudiar el comportamiento criminal, fusionando la criminología con la psicología en su obra El rostro del mal.

Como pionero de la Sección de Análisis de Conducta (SAC), Soto ha investigado homicidios, agresiones sexuales y desapariciones desde una perspectiva psicológica. Su labor consiste en transformar patrones de comportamiento en pistas útiles para la policía, convirtiendo la intuición en un método científico.

Con un equipo que ha crecido de cinco a más de doce personas, Soto ha sido parte de investigaciones de alto impacto, lidiando con casos complejos que conmocionaron a la sociedad española.

La violencia no es exclusiva de psicópatas

Durante nuestra conversación, Soto enfatiza una idea fundamental: la violencia no es patrimonio exclusivo de individuos con perfiles extremos. Al ser interrogado sobre si cualquiera podría llegar a cometer un homicidio, Soto responde con firmeza. “Estoy convencido de que sí. Desde la infancia, absorbemos modelos de conducta de nuestros padres y de la sociedad. En un momento de crisis, lo que llamo el ‘pistoletazo’, esa presión puede llevar a una persona a actuar de manera extrema”, explica Soto.

Factores que alimentan el comportamiento violento

La biología, la experiencia y el entorno juegan un papel crucial en la génesis del mal, según Soto. “La convivencia diaria con la violencia exige una coraza emocional. Los policías se ven expuestos a situaciones desgastantes, pero su sentido de responsabilidad los impulsa a seguir adelante”, señala. Este sacrificio diario permite a los miembros de la fuerza mantener una perspectiva única sobre el sufrimiento humano.

La empatía es un concepto que Soto considera esencial para entender el comportamiento criminal. Este concepto puede ser un interruptor que se apaga o se enciende dependiendo de la información que se tenga sobre la víctima. “Cuando una persona es vista como un estafador, la empatía se apaga y la mente busca justificar acciones violentas”, añade.

El contexto histórico y social de la violencia

Soto también habla sobre el concepto de mal estructural, que se refiere a un fenómeno histórico donde la violencia se normaliza en la sociedad. “Un individuo que crece en un entorno donde la violencia es común tiende a aceptar la agresión como parte de su vida diaria”, explica.

Por ejemplo, en el País Vasco durante los años del terrorismo de ETA, las ideas radicales se asumen como parte de la normalidad. Esto plantea la pregunta sobre el arrepentimiento en aquellos que se ven atrapados en estos contextos: “El arrepentimiento depende mucho de las circunstancias. Si un individuo está rodeado de personas que refuerzan su ideología, es menos probable que sienta remordimiento”, aclara Soto.

La adicción al poder y su manifestación

La adicción al poder es un tema que Soto aborda con preocupación. “El poder puede convertirse en una necesidad imperiosa, similar a las adicciones químicas. Quienes lo experimentan no quieren renunciar a esa sensación de control”, afirma. Esta adicción se manifiesta en acciones cotidianas, desde desprecios hasta humillaciones, revelando que el mal puede ser más accesible y cotidiano de lo que se cree.

Para evitar la violencia, Soto sugiere que la educación emocional y social es crucial. “Pasar de un enfoque individualista a uno colectivo implica reconocer los derechos de los otros. Reflexionar sobre cómo nuestras decisiones afectan a terceros es vital”, concluye.

Casos emblemáticos y sus diferentes motivaciones

En su carrera, Soto ha trabajado con criminales notorios, como José Bretón y Miguel Carcaño. Bretón, quien asesinó a sus hijos como un acto de venganza, continúa buscando formas de controlar y herir incluso desde la prisión. Por otro lado, Carcaño, responsable del asesinato de Marta del Castillo, optó por el silencio como una forma de evitar consecuencias más graves, dejando a la familia de la joven en un sufrimiento interminable.

“Las motivaciones detrás de sus acciones son distintas”, explica Soto. “Bretón busca venganza, mientras que Carcaño actúa desde un cálculo frío”. Esta diferencia en motivaciones resalta la complejidad de la psicología criminal.

Por último, Soto enfatiza que la comprensión del comportamiento criminal no debe ser una excusa para justificar actos atroces. “Entender las motivaciones y el contexto es vital para prevenir futuros crímenes, pero la responsabilidad debe mantenerse”, concluye, recordándonos que todos tenemos el potencial de cruzar la línea.


Contacto:
Francesca Neri

Formación académica de excelencia en innovación y management, hoy analista de las tendencias que moldearán los próximos años. Predijo el ascenso de tecnologías cuando otros aún las ignoraban. El futuro no se adivina, se estudia.