Dos informes cuestionan la valía del actual modelo turístico: uno lo tilda de agotado; el otro sostiene que su productividad es similar a la del conjunto de la economía. Aquí se explican las razones del choque técnico y las implicaciones sociales.

El sector turístico vuelve a situarse en el centro del debate público tras la publicación de dos informes con conclusiones enfrentadas sobre su productividad y su capacidad para generar bienestar. Mientras una institución alerta del agotamiento del modelo turístico catalán y reclama cambios estructurales, otra defiende que el turismo en la ciudad muestra cifras de valor añadido por trabajador comparables a las del resto de la economía.
Entender por qué ambas lecturas pueden coexistir exige desentrañar qué indicadores se emplean y cómo afectan a la interpretación.
La discusión no es meramente técnica: trasciende a cuestiones laborales, fiscales y de planificación urbana. El contraste entre los informes pone sobre la mesa temas como la distribución de beneficios, la composición del empleo y el peso de subsectores concretos, especialmente el alojamiento.
Interpretar correctamente los datos es imprescindible para diseñar políticas que equilibren crecimiento económico y bienestar social.
Uno de los documentos calcula la productividad comparando el valor añadido bruto generado por persona ocupada en actividades vinculadas al turismo con la media de la economía. El otro trabajo toma una aproximación distinta: compara el peso relativo del valor de la producción del conjunto del turismo frente a su participación en el empleo, y a partir de ahí infiere niveles de productividad equiparables. Esa diferencia metodológica explica en buena medida la aparente contradicción entre ambos diagnósticos.
Además, hay factores que distorsionan la lectura en una u otra dirección. Por ejemplo, actividades como el alquiler de habitaciones registran un ratio entre ingresos y salarios mucho más elevado que la media, lo que eleva el valor de producción sin reflejar necesariamente mayor intensidad laboral o mejores remuneraciones.
Impactos sobre salarios, beneficios e impuestos
Una de las claves del debate es que productividad no equivale automáticamente a salarios altos o reparto equitativo de los beneficios. Un sector puede mostrar un valor añadido por trabajador aceptable a la vez que paga sueldos por debajo de la media si la renta se concentra en márgenes empresariales o en ingresos patrimoniales que no repercuten en la nómina. Esto sucede cuando la tributación es reducida o cuando las políticas salariales y contractuales son débiles.
Por tanto, sostener que el turismo «tiene productividad similar» no invalida las críticas sobre precariedad laboral o fiscal. Al contrario: exige mirar más allá del promedio y analizar la distribución interna del valor generado, desde la retribución de los empleados hasta la carga impositiva efectiva en cada subrama del sector.
El papel del alojamiento y otros subsectores
El subsector del alojamiento concentra una parte notable del valor añadido del turismo urbano, lo que puede inflar indicadores agregados. Sin embargo, otros segmentos como la restauración, el comercio minorista o las actividades culturales también recogen demanda turística y forman parte de la cadena de valor. Evaluar el impacto real exige desagregar y observar cómo interactúan entre sí estas ramas.
Cuando el alojamiento genera márgenes elevados y la hostelería registra salarios bajos, la fotografía agregada puede oscurecer tensiones internas. Ese es uno de los motivos por los que el diagnóstico técnico y el diagnóstico social pueden divergir, y por el que las recomendaciones de política pública deben ser selectivas y orientadas a corregir estas asimetrías.
Hacia qué tipo de transformación apuntan los análisis
Ambos informes coinciden en al menos un punto: mejorar la calidad antes que ampliar volumen. Convertir más visitantes en mayor valor por empleo exige incentivos para la inversión por puesto de trabajo, formación profesional dirigida, y políticas fiscales que no penalicen la reinversión. También requiere diálogo con el sector privado y con la ciudadanía para definir prioridades compartidas.
La alternativa a la inacción no es necesariamente reducir turistas, sino reorientar la actividad hacia segmentos de mayor valor añadido —como la cultura, los eventos deportivos o el turismo de experiencias— y asegurar que el crecimiento económico se traduzca en salarios dignos y en una tributación que financie servicios públicos. Esa transformación implica retos de planificación urbana, de oferta y de regulación laboral que deben afrontarse de manera coordinada.
Conclusión: transparencia analítica y políticas focalizadas
El choque entre los dos estudios obliga a ser exigentes con las metodologías y a evitar conclusiones apresuradas. Más que decidir quién tiene razón, lo útil es reconocer que ambos aportan piezas complementarias del rompecabezas. La política pública necesita datos desagregados, indicadores que reflejen distribución del ingreso y medidas concretas que liguen productividad con mejora salarial y fiscal. Solo así el turismo podrá contribuir de forma equilibrada al bienestar colectivo.
