La convergencia de dos frentes bélicos ha estrechado el flujo energético mundial: algunos productores aumentan sus ingresos mientras consumidores y sectores sensibles enfrentan escasez y subidas de costes

La actual situación internacional ha colocado a la energía en el centro del debate económico. Dos conflictos distintos —la guerra en Ucrania y las hostilidades entre Estados Unidos, Israel e Irán— están impactando simultáneamente los flujos de petróleo, gas y productos derivados.
Mientras que en los primeros meses muchos países europeos promovieron el alejamiento del gas ruso, acontecimientos recientes han mostrado que la restricción del suministro puede venir tanto de la pérdida de rutas de exportación como de ataques dirigidos a infraestructuras.
El choque no es únicamente de precios: se trata de escasez. Cuando un bien es esencial, la caída del volumen disponible tiene efectos amplificados. Expertos advierten que, aun si los combates concluyeran enseguida, el restablecimiento del flujo tardaría meses. Ese intervalo de tiempo obliga a repensar desde políticas puntuales, como reducciones temporales de IVA, hasta estrategias más estructurales de racionamiento y de adaptación industrial.
Dos frentes, un mismo efecto: menor oferta global
En el caso ucraniano, la capacidad limitada de ataque se ha concentrado en refinerías y puertos, lo que ha entorpecido la salida de crudo hacia mercados alternativos. Paralelamente, Irán ha recurrido a medidas que afectan las rutas del Golfo Pérsico, entre ellas el bloqueo del estrecho de Ormuz y ataques a infraestructuras regionales. El resultado combinado es una reducción apreciable de la oferta: analistas estiman que alrededor de un 15% del flujo del Golfo puede verse interrumpido. Esa merma no solo impulsa los precios del barril Brent, sino que también encarece insumos como fertilizantes y costes logísticos.
Hay que destacar que la economía mundial consume hoy mucha más energía que en las crisis petroleras históricas: aunque la dependencia por unidad de PIB ha caído, el tamaño de la economía global es mayor. Eso convierte una pérdida relativa de oferta en una presión absoluta sobre suministros críticos. Para sectores agroalimentarios y de transporte, la consecuencia es directa: producir un kilo de pollo requiere aproximadamente medio litro de gasoil, y un kilo de arroz cerca de 150 cl (1,5 litros), lo que muestra la íntima relación entre energía y seguridad alimentaria.
Quién gana y quién pierde en el nuevo tablero energético
Los movimientos de sustitución del suministro están creando beneficiarios claros. Países con reservas y capacidad de producción —como Noruega y Canadá— pueden ampliar ventas a clientes que buscan alternativas al Golfo; además, las compras de India a Rusia y maniobras comerciales han elevado los ingresos de Moscú. Según el Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA), en las dos primeras semanas de marzo Rusia obtuvo unos 372 millones de euros diarios por exportaciones de petróleo, sumando 7.700 millones de euros entre el 1 y el 15 de marzo.
Beneficiarios: quiénes registran ganancias
Al subir los precios, los exportadores ascienden en la balanza comercial. Rusia, en particular, ha visto repuntes notables gracias a la demanda de mercados fuera de Occidente. El alivio temporal de sanciones, como la exención aprobada por el Tesoro de Estados Unidos para compras de petróleo ya en el mar, ha facilitado ciertas operaciones comerciales, aunque con críticas por el riesgo de financiar ingresos de guerra. Además, mayores precios del carbón benefician a exportadores como Indonesia.
Perjudicados: consumidores y países dependientes
En el otro lado, los grandes consumidores sufren el impacto directo: los hogares y sectores intensivos en energía afrontan facturas más altas, y economías muy dependientes del gas importado —como varios países europeos— ven su crecimiento amenazado. En Asia, por ejemplo, la región obtiene cerca del 59% de su crudo de Medio Oriente y en Corea del Sur esa cifra asciende al 70%. Los economistas advierten además que una persistencia de precios elevados podría añadir hasta 0,5 puntos a la inflación anual en ciertos escenarios si las tendencias se mantienen.
Respuesta política y opciones para mitigar el choque
Las medidas adoptadas por gobiernos varían desde recortes temporales de impuestos a los combustibles hasta planes de racionamiento formal. Reducir el IVA es una reacción de urgencia que atenúa el golpe a los consumidores, pero no resuelve la falta física de crudo o gas. Frente a ello, gobiernos y empresas discuten opciones como el racionamiento dirigido, priorización de suministros para sectores críticos y revisión de modelos que dependen de energía barata, como las aerolíneas de bajo coste: un vuelo Barcelona–Palma consume en torno a 20 litros de queroseno por pasajero cuando el aparato va lleno, lo que encarece la viabilidad de trayectos de corta distancia en escenarios de precio elevado.
En definitiva, la crisis exige una mezcla de respuestas a corto y medio plazo: estabilizar mercados y, a la vez, impulsar resiliencia mediante reservas estratégicas, eficiencia energética y diversificación de proveedores. Si bien algunos países salen fortalecidos por el aumento de ingresos, la mayoría de economías y consumidores enfrentan un periodo de ajuste en el que políticas de gestión de la oferta y decisiones estructurales definirán el coste real del choque para la economía global.
