Vuelve 'Lo más odiado': Olmos y Arranz repasan una polémica en redes y reflexionan sobre cómo cambian los tertulianos para captar audiencia.

Alberto Olmos y Rubén Arranz han vuelto al estudio de El Confidencial para grabar un nuevo capítulo de su videopodcast Lo más odiado. En esta entrega ambos profundizan en la figura del tertuliano contemporáneo en España y comentan una reacción en redes que ha encendido el debate entre periodistas y oyentes.
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La conversación arranca con referencias concretas a un tuit de Pedro Vallín dirigido a Juan Soto Ivars, que sirve como excusa para exponer tensiones internas dentro del periodismo cultural y de opinión.
Ese intercambio permite a Olmos y Arranz trazar una radiografía de cómo se posicionan ciertos comunicadores y de qué herramientas emplean para mantener la atención del público.
Polémica en redes como espejo del debate mediático
El tuit mencionado funciona aquí como catalizador: los presentadores exploran por qué determinadas quejas o críticas alcanzan tanta resonancia. Según Arranz, no son los mismos mecanismos los que elevan a una voz en boga; hay factores externos, desde la intervención institucional hasta la amplificación en redes. Arranz subraya que algunos profesionales no reciben una sanción pública por parte del poder político, lo que cambia la percepción del público y modifica la dinámica del enfrentamiento entre medios.
La influencia de las instituciones
En el diálogo emerge la idea de que, cuando una figura política o una institución no señala a un periodista, cambia el mapa simbólico del conflicto. Eso no quiere decir que no existan presiones implícitas, pero sí que la ausencia de un señalamiento explícito transforma la narrativa. Olmos y Arranz repasan cómo esa ausencia contribuye a que ciertos debates se polaricen más en los espacios privados de las redes que en los escenarios oficiales.
La evolución del tertuliano: del matiz al grito
Otro eje central del episodio es la metamorfosis de la tertulia en España. Los dos periodistas sostienen que, para captar y retener a una audiencia fragmentada, muchos tertulianos tienden a exagerar rasgos y a simplificar posturas. Arranz aclara que, en esa carrera por la atención, se impone una retórica más brusca y directa: personajes más burdos, en sus palabras, que priorizan la contundencia sobre el matiz. Olmos añade matices: no todos los comunicadores caen en la caricatura; algunos mantienen recursos de lenguaje efectivos y una capacidad de síntesis que funciona.
Comunicar bien frente a ser populares
En un pasaje del diálogo se pone como ejemplo la figura de Santaolalla, que, a juicio de Olmos, puede resultar antipática a ciertos sectores pero conserva una habilidad indudable para transmitir ideas. La distinción es clara: comunicar no es siempre sinónimo de convencer a todo el mundo, pero sí implica dominar recursos retóricos que marcan la diferencia entre el ruido y el mensaje. Arranz admite que parte del contenido puede provenir de fuentes repetidas, pero coincide en que el éxito también radica en la forma de presentar el material.
Ecos prácticos y plataformas de difusión
La conversación no se queda en la teoría: ambos periodistas recuerdan a la audiencia los canales donde se difunde el programa y reflexionan sobre cómo las plataformas moldean el formato. En YouTube el componente visual y la edición favorecen la viralidad; en Ivoox, Spotify y Apple Podcast predomina la escucha en movilidad y la fidelidad de suscriptores. Este ecosistema obliga a los creadores a adaptar contenidos según el medio, una estrategia que a veces conduce a priorizar titulares potentes sobre desarrollos largos y matizados.
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