En Kramatorsk, la presencia de drones, las pérdidas y la solidaridad transforman la vida diaria; militares y civiles sostienen la resistencia con recursos propios y una determinación que desafía la lógica

La llaga del conflicto en el Donbass se manifiesta en formas pequeñas y continuas: el crujir de la nieve bajo botas, el zumbido persistente de aparatos no tripulados y la mezcla de rutina con riesgo extremo. En Kramatorsk, la principal ciudad del Donbass aún bajo control de Ucrania, la existencia ordinaria convive con una guerra que no da tregua.
Allí, los habitantes y combatientes buscan mantener la dignidad frente a una presión militar que transforma calles y hogares en un tablero de vulnerabilidad.
Las historias que llegan desde esa zona dibujan un paisaje donde la tecnología de guerra —sobre todo los drones— ha ampliado la zona de peligro más allá de las líneas tradicionales.
No se trata sólo de frentes: los ataques afectan mercados, viviendas y las rutas de suministro, obligando a la población a adaptar su cotidianeidad a un contexto de amenaza constante.
Cómo la guerra redefinió la vida diaria
En Kramatorsk y en ciudades cercanas como Pokrovsk o Sloviansk, la supervivencia se organiza en base a la previsión inmediata. Las unidades militares reciben provisiones de forma privada y las familias recaudan dinero para elementos básicos: desde ropa térmica hasta terminales de comunicación por satélite. Este fenómeno revela una tensión entre el Estado y la sociedad civil, donde la economía de guerra depende en buena medida de donaciones y redes de apoyo informales.
El alojamiento, la alimentación y la logística de las unidades se compran muchas veces en mercados locales. El resultado es un mercado paralelo: reparación de vehículos 4×4, compra de neumáticos de invierno o inhibidores para los drones. Esa sustitución del aprovisionamiento oficial por mecanismos civiles intensifica el sentimiento de responsabilidad entre vecinos y voluntarios.
Rostros de la resistencia: soldados, voluntarios y vecinos
En primera línea aparecen jóvenes soldados, veteranos y reclutas obligados a servir. Un capitán de 23 años que lidera una unidad de robots terrestres resume la sensación: la superioridad numérica del adversario y la eficacia de la tecnología enemiga obligan a resistir aun sabiendo que la situación es desfavorable. Su consigna es simple y rotunda: mantener posiciones y proteger a la población. En el terreno, esto implica limitar los movimientos para reducir la firma térmica frente a drones equipados con sensores.
Al lado de los militares, llegan voluntarios internacionales y locales que han transformado el dolor en acción. Una paramédica que dejó su vida en el extranjero cuenta cómo la experiencia humanitaria quedó sustituida por un compromiso directo: operar en trincheras, estabilizar heridos y sostener la moral de los combatientes. Para muchos de estos auxiliares, la guerra ofrece una nueva identidad comunitaria que reemplaza al pasado.
Comunidades que soportan el peso
Más allá de los uniformes, hay ancianas que rebuscan entre la basura congelada, madres que regresan para cuidar la ciudad y pequeños negocios que se adaptan vendiendo repuestos o servicios al ejército. La vida en Kramatorsk se vive «al momento»: quienes se marcharon a ciudades más seguras admiten que aquello fue más seguro pero también más vacío. Aquí, la intensidad sustituye a la planificación y la dignidad aparece como valor central.
Un funeral tras otro
Lo que la guerra deja es visible en los nuevos cementerios militares a las afueras de la ciudad: tumbas con fotos, banderas y edades que rara vez superan los treinta años. Las pérdidas se narran en anécdotas trágicas: muertes evitables por imprudencias o explosiones, y el peso de comunicar la noticia a las familias. El duelo colectivo se mezcla con la necesidad de mantener la moral y la disciplina en las unidades.
Consecuencias físicas y psicológicas
Las secuelas no son sólo visibles en los cuerpos mutilados o en la infraestructura dañada; la herida más persistente es la mental. El trastorno por estrés postraumático se trata casi siempre con medicación por falta de tiempo y recursos para terapia. Las rotaciones son largas y el descanso escaso, lo que agrava la fatiga emocional. Aun así, la fe y la fraternidad dentro de las unidades actúan como amortiguadores: se reza, se comparten rituales y se refuerzan vínculos para soportar la presión.
Para muchos, la esperanza no tiene fecha. Voluntarios que atienden a desplazados y organizaciones locales insisten en que la paz es deseada pero imprevisible. Mientras tanto, la resistencia se sostiene en actos concretos: curar a un herido, calentar una sopa, asegurar un generador. Son microgestos que, acumulados, sostienen la vida en una ciudad que se niega a desaparecer.
En Kramatorsk la guerra no es un evento aislado sino la estructura que organiza el día a día. Entre drones, frío extremo y un mercado de apoyo civil, la población mantiene la lucha por la dignidad y la vida. Los testimonios recogen una mezcla de patriotismo, cansancio y solidaridad que define la supervivencia en el Donbass: resistir, sostenerse y esperar lo inesperado.
