Irán confirmó el fallecimiento de Ali Larijani y de Gholamreza Soleimani tras ataques que Israel atribuye a su aviación; ambos ocupaban posiciones clave en seguridad y represión interna

El 17 de marzo de 2026 quedó marcado por explosiones en Teherán y por un anuncio israelí que atribuyó a su fuerza aérea la eliminación de dos figuras clave de la República Islámica: Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, y Gholamreza Soleimani, comandante de las milicias Basij.
El reconocimiento oficial iraní de la muerte de Soleimani fue más rápido; el de Larijani llegó de forma tardía y estuvo rodeado de incertidumbres hasta que medios estatales difundieron una carta manuscrita atribuida a él en la jornada del funeral de marineros muertos en un incidente frente a Sri Lanka.
En paralelo, las autoridades limitaron las celebraciones de Nowruz, la víspera del nuevo año persa, citando motivos de seguridad.
Las consecuencias políticas y militares de estos hechos no se reducen a dos bajas: ambos hombres desempeñaban papeles que conectaban el aparato religioso, militar y administrativo del país. Larijani era visto como un coordinador entre el Gobierno y las fuerzas armadas, con una trayectoria que incluyó cargos como negociador nuclear, portavoz parlamentario y enviado del líder supremo. Soleimani, por su parte, dirigía al Basij, fuerza clave en el control social y la represión de protestas. La mezcla de simbolismo y funcionalidad convierte estos sucesos en un punto de inflexión para la seguridad interna y la estrategia exterior iraní.
Qué implican las muertes para la estructura de poder
La pérdida de un secretario del máximo órgano de seguridad es, por su naturaleza, un golpe institucional. El Consejo Supremo de Seguridad Nacional es el foro donde se coordinan asuntos de defensa y respuesta a amenazas externas; su secretario actúa como puente operativo entre el líder supremo, los mandos militares y los organismos civiles. Tras el ataque del 28 de febrero que causó la muerte del líder superior, el reemplazo de figuras clave como Larijani adquiere mayor urgencia. No obstante, la experiencia histórica de la Guardia Revolucionaria sugiere una capacidad operativa para sustituir mandos en tiempos de crisis, aunque la combinación de liderazgo político y legitimidad religiosa que representaba Larijani no es fácil de replicar.
Impacto institucional
En términos prácticos, la ausencia de Larijani obliga a reajustes en la coordinación entre ministerios, comandos militares y servicios de inteligencia. Sus vínculos personales con sectores diplomáticos y con países del Golfo le daban un perfil de interlocutor que ahora deja un vacío. Al mismo tiempo, la muerte de Soleimani supone una pérdida táctica para el control de la protesta interna, porque el Basij es una estructura fundamental para la vigilancia social y la represión de disidencia. Sin embargo, el relevo entre filas paramilitares suele ser más rápido que en cargos políticos, por lo que el impacto en la capacidad represiva será probablemente temporal.
Reacción social y de seguridad
Las autoridades habían limitado reuniones públicas por miedo a que las celebraciones de Nowruz se convirtieran en focos de protesta. El papel del Basij en la represión de manifestaciones anteriores —cuando se le atribuyen miles de detenidos y un elevado número de víctimas— añade tensión al cuadro. Organizaciones de derechos humanos han denunciado abusos por parte de estas fuerzas; además, Soleimani llevaba sanciones del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. A nivel regional, la situación se complica con represalias y contraataques: en la jornada se registraron lanzamientos de cohetes y drones por parte de aliados como Hezbolá, y episodios de fuego alrededor de la embajada de EE. UU. en Bagdad, lo que evidencia la escalada.
La trayectoria y el peso de Ali Larijani
La figura de Larijani condensaba trayectoria religiosa, militar y política: hijo y hermano de figuras clericales, excomandante de la Guardia Revolucionaria, y con una carrera pública que lo llevó desde la presidencia del Parlamento hasta misiones diplomáticas. En años recientes había acumulado poder en materia de seguridad, y tras la muerte del ayatol Jamenei fue señalado como una de las personas con mayor capacidad de decisión. También representaba tensiones internas: pese a estar ligado a sectores pragmáticos, fue vetado por el Consejo de Guardianes para concurrir a la presidencia en elecciones anteriores. Sus mensajes en los días previos, donde hablaba de la posibilidad de convertirse en mártir, añadieron un componente simbólico a su fallecimiento.
Escenario abierto y posibles líneas de desarrollo
El doble asesinato —según lo atribuido por Israel— plantea interrogantes sobre la dinámica de poder interna y la probabilidad de una mayor militarización de la respuesta iraní. A corto plazo, se esperan movimientos dentro de las cúpulas de seguridad para llenar vacíos operativos; a medio plazo, la región podría vivir episodios de escalada con actores proxy. El control de la narrativa por parte de Teherán, las sanciones existentes y la presión internacional serán factores determinantes. Mientras tanto, la cancelación de eventos de Nowruz y la presencia de fuerzas paramilitares en las calles muestran que las autoridades priorizan la estabilidad interna en un momento en que cualquier incidente puede encender nuevas protestas o represalias externas.
