El bloqueo policial que impidió al cardenal Pierbattista Pizzaballa acceder al Santo Sepulcro en Domingo de Ramos desencadenó una oleada de críticas internacionales y una rectificación del primer ministro israelí

El domingo de actos religiosos en Jerusalén se convirtió en un foco de tensión internacional cuando la policía israelí impidió el paso al cardenal Pierbattista Pizzaballa y a otros tres responsables católicos que se dirigían al Santo Sepulcro para una ceremonia vinculada al Domingo de Ramos.
Según comunicados del Patriarcado Latino, los prelados procedían de forma privada y sin procesión, pero fueron interceptados y obligados a regresar, lo que el patriarcado calificó como una medida sin precedentes en siglos.
Poco después, y ante la creciente protesta internacional, el primer ministro Benjamín Netanyahu publicó en la red social X que había ordenado conceder “acceso pleno e inmediato” al patriarca para ingresar al templo.
El mensaje llegó tras la polémica y varias horas después del incidente, y se produjo en la misma semana en que las celebraciones de Semana Santa ya estaban severamente afectadas: la tradicional procesión desde el Monte de los Olivos fue suspendida y se celebró una misa reducida en la iglesia del Getsemaní con apenas treinta asistentes.
Qué ocurrió en la mañana del incidente
El relato oficial del Patriarcado Latino señala que, entre quienes se dirigían al Santo Sepulcro, figuraban el patriarca Pierbattista Pizzaballa y el custodio de Tierra Santa, Francesco Ielpo. Ambos, explicaron, caminaban sin carácter público cuando fueron detenidos por agentes que les impidieron continuar. La nota subrayó que es la primera vez en siglos que los máximos responsables eclesiásticos no pueden oficiar la Misa del Domingo de Ramos en ese lugar, y denunció que la medida constituye un precedente preocupante para la sensibilidad de creyentes en todo el mundo.
Reacciones nacionales e internacionales
La decisión desató reacciones de gobiernos y organizaciones: desde el presidente del Gobierno español hasta dirigentes de Francia e Italia expresaron su condena. El presidente del Gobierno de España calificó la actuación como un ataque a la libertad de culto, mientras que líderes como Emmanuel Macron denunciaron la actitud de la policía y pidieron garantías para el ejercicio religioso en Jerusalén. También hubo pronunciamientos de la jefa de la diplomacia de la UE, ministros latinoamericanos y del episcopado de México, además del embajador de Estados Unidos en Israel, quien consideró la medida un exceso con repercusiones globales.
Motivos alegados y contexto de seguridad
Las autoridades justificaron la prohibición por razones de seguridad: la antigua ciudad amurallada permanece con accesos y comercios cerrados, y las fuerzas de seguridad han prohibido las reuniones masivas en zonas sin refugios. La policía adujo que la normativa pretende proteger vidas ante posibles ataques y que la configuración de las calles impide la entrada de vehículos de rescate en caso de incidentes. Estas explicaciones se producen en el marco de un conflicto regional que, según fuentes citadas, llevó al cierre temporal de lugares sagrados desde que Israel y Estados Unidos iniciaron operaciones contra Irán hace un mes.
Críticas sobre aplicación desigual de normas
Los críticos han señalado, sin embargo, una aparente doble vara: mientras la policía impedía la entrada al patriarca, en otros momentos se toleraron celebraciones multitudinarias durante festividades nacionales que superaron los límites establecidos. Para muchos observadores, esta discrepancia alimenta la percepción de un trato selectivo por parte de las autoridades y agrava el sentimiento de agravio entre comunidades religiosas diversas.
Impacto religioso y diplomático
Más allá del episodio puntual, organizaciones eclesiásticas y gobiernos alertaron sobre el riesgo para el Status Quo que regula los lugares sagrados en Jerusalén, y sobre la erosión de la confianza entre comunidades. El patriarcado y la custodia de Tierra Santa pidieron que se respete la libertad de culto y que las medidas de seguridad no vulneren derechos religiosos. En lo diplomático, el asunto añadió tensión en una coyuntura ya marcada por enfrentamientos y por declaraciones cruzadas entre responsables políticos, aumentando la presión sobre el Ejecutivo israelí para garantizar acceso sin discriminación a los sitios de culto.
El incidente puso de manifiesto hasta qué punto los controles de seguridad y las restricciones extraordinarias pueden chocar con prácticas religiosas profundamente asentadas, y dejó en evidencia la sensibilidad internacional hacia cualquier interferencia en los ritos celebrados en Jerusalén. La orden posterior de permitir el ingreso al patriarca buscó apaciguar la situación, pero muchos actores piden medidas claras para que episodios semejantes no se repitan y para restaurar la confianza en el respeto al derecho de culto en la ciudad vieja.
