Los ultraprocesados llegan a la mesa con facilidad, pero la ciencia y expertos como José Abellán alertan sobre sus efectos en el metabolismo y el riesgo de enfermedades graves

Los alimentos ultraprocesados —bollería industrial, pizzas precocinadas o snacks envasados— forman parte de la rutina diaria de muchas personas. Ese protagonismo esconde un problema: la literatura científica asocia su consumo habitual con obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y cáncer.
Aquí entendemos por ultraprocesado a productos industriales con ingredientes y aditivos diseñados para alargar la vida útil, modificar textura y potenciar el sabor, en detrimento del valor nutricional. Aunque resultan prácticos, su composición y efecto sobre el apetito explican por qué su ingesta frecuente puede traducirse en daño a largo plazo.
Por qué estos productos se han impuesto
El éxito comercial de los ultraprocesados no es casual: su precio, la facilidad de preparación y los envases atractivos favorecen compras impulsivas. Además, muchas fórmulas están pensadas para activar circuitos de recompensa: combinan azúcares, grasas y sal con numerosos aditivos y conservantes que aumentan la palatabilidad y reducen la sensación de saciedad. El resultado suele ser un consumo excesivo de calorías sin aportar nutrientes esenciales. Ese patrón incrementa el riesgo metabólico y complica el control del peso, lo que explica por qué su presencia en la dieta está estrechamente relacionada con problemas crónicos.
Evidencia científica relevante
Una revisión amplia publicada en The British Medical Journal analizó datos de más de 9 millones de personas en distintos países y encontró asociación entre el consumo de ultraprocesados y hasta 32 efectos adversos para la salud, entre ellos enfermedades cardiacas, trastornos mentales y mayor riesgo de cáncer. Este tipo de estudios observacionales no prueban causalidad absoluta, pero la consistencia de los hallazgos, su magnitud y los mecanismos biológicos plausibles —como la inflamación crónica y la alteración de la glucemia— refuerzan la recomendación de reducir estos alimentos en la dieta habitual.
La mirada del cardiólogo José Abellán
El cardiólogo y divulgador José Abellán ha señalado con contundencia la relación entre ciertos desayunos típicos y riesgos a largo plazo. En conversaciones públicas ha alertado sobre la costumbre de consumir galletas industriales por la mañana y la vinculó a un incremento en el riesgo de cáncer, subrayando que estas opciones suelen ser «productos incompletos» desde el punto de vista nutricional. Para Abellán, su diseño altera la percepción del hambre y la saciedad porque mezcla fragmentos de ingredientes en una formulación que «hackea» los mecanismos naturales del gusto, lo que impulsa a comer más y con más frecuencia.
Inflamación, glucosa y depósitos de grasa
Abellán destaca además los efectos metabólicos: los picos repetidos de glucosa tras consumir ultraprocesados promueven el almacenamiento excesivo de grasa, y ese tejido adiposo actúa como un foco proinflamatorio. La inflamación sostenida y la resistencia a la insulina, según el especialista, afectan tanto al sistema cardiovascular como al sistema inmune. En palabras suyas, el impacto acumulado puede ser comparable al de otros hábitos dañinos, porque no solo se trata del aumento de peso sino de la alteración funcional del organismo que favorece enfermedades crónicas.
Recomendaciones prácticas para reducir riesgos
Frente a este panorama, los profesionales insisten en priorizar alimentos frescos y mínimamente procesados: frutas, verduras, legumbres, carnes magras y cereales integrales. Entre las estrategias útiles están planificar menús, cocinar porciones caseras que reemplacen productos industriales y aprender a leer etiquetas para identificar altos contenidos de azúcares, grasas trans y aditivos. En el desayuno, por ejemplo, sustituir galletas industriales por yogur natural con fruta y frutos secos aporta fibra y saciedad. Pequeños cambios sostenidos en el tiempo reducen la exposición a los factores de riesgo señalados por la evidencia y por expertos como Abellán.
Un camino realista
No se trata de demonizar ocasionalmente una comida, sino de evitar que los ultraprocesados constituyan la base de la dieta. La recomendación médica es clara: limitar su consumo siempre que sea posible y favorecer opciones culinarias que recuperen nutrientes y equilibren la respuesta glucémica. Adoptar esa perspectiva ayuda a proteger el corazón, la salud metabólica y a reducir factores asociados al desarrollo de cáncer, tal como indican tanto estudios epidemiológicos como el análisis citado en el British Medical Journal.
