Memoria en primera persona sobre turnos en la UCI, la rutina doméstica y el reflejo cinematográfico de una época de vigilancia y soledad

En mi cuaderno de guardia quedó anotado ese sábado de 2026 que mi pareja y yo vimos otra vez La ventana indiscreta. Esas páginas, escritas durante la pandemia, condensan la mezcla de fatiga profesional y pequeños destellos de esperanza que vivíamos en la UCI.
Allí, entre respiradores y historias iguales en radiografías, aprendimos a convivir con una tensión constante: mucho trabajo, pocas certezas y la sensación de que lo cotidiano había cambiado para siempre.
La rutina en casa era otro refugio necesario: lecturas, películas y ejercicio en una bicicleta estática que compramos para no sucumbir a la desidia.
Esa coexistencia —hospital y hogar— quedó capturada en mi diario con detalles que hoy, al releerlos, muestran lo cotidiano y lo extraordinario de esos días: la búsqueda de sentido, el cansancio físico y moral, y la atención a gestos mínimos que sostenían la esperanza.
Días de UCI: agotamiento y pequeñas victorias
En la UCI nos habíamos acostumbrado a cierto miedo amortiguado; muchos compañeros habían dejado de usar el EPI completo porque el calor y la claustrofobia les provocaban mareos. En mi nota figuran frases sobre pacientes cuyas radiografías mostraban pulmones rígidos, casi idénticos en su gravedad, y sobre la sensación colectiva de no avanzar. Sin embargo, entre tanto desaliento surgían episodios que lo cambiaban todo: conseguimos retirar el tubo endotraqueal a uno de los pacientes, A., y poder escucharlo hablar fue un alivio inmenso. Esa recuperación fue celebrada con una videollamada que unió la UCI con el hogar de su mujer; nosotros, ayudando a sostener la pantalla, éramos testigos de su emoción y de las lágrimas de agradecimiento.
Esos destellos convivían con la realidad material: a mitad de una semana llegaron al hospital ventiladores mecánicos antiguos, rescatados de almacenes. Funcionaban bien pese a que carecían de botones digitales y alarmas modernas. Esa llegada nos llevó a reflexionar sobre la obsolescencia programada y cómo, en ocasiones, lo que se descarta por antigüedad sigue siendo útil. Observamos que la tecnología no siempre significa mejor atención, y que la gestión de recursos puede marcar la diferencia en una crisis sanitaria.
Fuera del hospital: compras, miradas y control social
El viernes anterior salí al supermercado por primera vez en aquel confinamiento; mi compañera me animó a vivir esa experiencia «como una bofetada de realidad». La escena en la puerta —gente en fila, distancia entre cuerpos y silencio— me recordó reportajes de países en crisis. Al entrar, la sensación fue de sospecha constante: el guardia de seguridad, el dispensador de gel, la necesidad de justificarse ante miradas que podían entenderse como acusadoras. Aunque sabía las evidencias científicas sobre la transmisión, no me sentí con ánimos de argumentarlo; la sociedad estaba tensa y la vigilancia social, activada.
La compra en los pasillos se convirtió en una coreografía de evasiones: elegir sin tocar, decidir si desinfectar un frasco, imaginar si otro cliente sería el siguiente usuario. Regresé con bolsas y la vista en un banco donde alguien había dejado libros con una nota que aseguraba que estaban «esterilizados». La mezcla de prudencia, superstición y buena voluntad marcaba los gestos cotidianos: yo no toqué los libros por pudor, por prudencia y por la sensación de estar siendo observado por vecinos que ya funcionaban como pequeños fiscales del confinamiento.
La ventana indiscreta como espejo de la cuarentena
Ver La ventana indiscreta en casa con mi Santa fue una experiencia catártica. La película de Hitchcock expone el ocio y la intriga de un hombre confinado que espía a sus vecinos; en nuestra situación, el protagonista se pareció demasiado a los llamados policías de balcón, esos vecinos que vigilan, delatan y regulan la vida ajena desde su ventana. El paralelismo me golpeó: ambos, película y realidad, mostraban cómo el encierro transforma la curiosidad en control y la observación en juicio.
Vecinos, empatía y vigilancia
El encierro permitió que muchas personas descubrieran que detrás de las paredes vivían historias dolorosas: soledades, pérdidas, enfermos ingresados. De repente, quien antes ignoraba al vecino dejaba un recipiente con comida en el felpudo. Esa nueva atención convivió con la sospecha: a los que volvían de trabajar o paseaban al perro se les miraba con recelo. En la película, los personajes son arquetipos —la pareja recién casada, la soltera, el músico— y durante la pandemia esos arquetipos se transformaron en rostros reconocibles tras las cortinas y los cristales.
Cierre y preguntas abiertas
Mi diario terminaba con una pregunta sin respuesta: si la cuarentena se prolongaría o habría nuevas olas que alargarían el encierro. El tiempo dio su respuesta, pero lo más valioso quedaron las escenas pequeñas: una extubación celebrada con una llamada, libros dejados en un banco, una pareja que pedaleaba en casa para sostener el ánimo. Aquellas anotaciones conservan la tensión entre el deber sanitario y la vida privada, y cómo una película clásica nos ayudó a nombrar sentimientos que, de otro modo, habrían quedado sin lenguaje.
