Una experta sostiene que Miguel Ángel distribuyó y escondió numerosas obras para protegerlas de especuladores; el Vaticano creó un comité científico para evaluar la hipótesis

El misterio sobre el destino de muchas de las obras de Miguel Ángel Buonarroti ha vuelto a abrirse después de que la investigadora romana Valentina Salerno presentara una tesis alternativa a la versión clásica. Según Salerno, citada en su estudio «Miguel Ángel, sus últimos días», el escultor no quemó gran parte de su producción antes de morir, sino que diseñó un plan para ocultar y repartir esas piezas entre discípulos, amigos y herederos.
La noticia ha provocado que la Fábrica de San Pedro y otros organismos vinculados al Vaticano activen un proceso de revisión: han constituido un Comité Científico formado por especialistas nacionales e internacionales para valorar la plausibilidad de la hipótesis y proponer líneas de investigación.
La hipótesis de Valentina Salerno y su método
Salerno fundamenta su tesis en la combinación de documentos diversos: testamentos, correspondencia, inventarios y árboles genealógicos que ha revisado durante más de una década. Afirma que Miguel Ángel preparó con antelación una estrategia para repartirse el legado artístico y así evitar que la ley del ius sanguinis designara al sobrino Leonardo como único administrador de una colección que el artista no quería que fuera dispersada o vendida al por mayor.
La investigadora subraya que, el día del fallecimiento del artista —registrado el 18 de febrero de 1564—, los actuarios que inventariaron su vivienda en la zona junto a la Columna Trajana se encontraron con un taller aparentemente vacío, salvo por algunas piezas monumentales inacabadas y escasos cartones. Para Salerno, ese vacío aparente no cuadra con la descripción de testigos contemporáneos que detallan la abundancia de bocetos, maquetas, moldes, herramientas y material diverso en el taller durante años.
Pruebas documentales y trazas en archivos
Un eje clave de la investigación es la relación entre los inventarios atribuidos a discípulos y los listados incómodos del propio Miguel Ángel. Salerno rastreó, por ejemplo, el testamento de Daniele de Volterra (Daniele Ricciarelli), presente en el momento de la muerte de Buonarroti. Detectó coincidencias entre lotes descritos en 1566 a nombre de Ricciarelli y objetos que luego aparecen en inventarios de alumnos como pertenencias del maestro.
Además, en uno de los archivos consultados —incluido el archivo central de Roma y documentos localizados en Simancas— aparece una referencia, según Salerno, a una habitación secreta que solo podía abrirse con varias llaves simultáneamente. Es en ese tipo de coartadas físicas y administrativas donde la autora sitúa la ocultación: un dispositivo práctico para proteger obras frente a la venta forzada o al saqueo.
El recorrido de las piezas a través de generaciones
La investigadora sostiene que, con el tiempo, muchas de esas obras salieron a la luz a través de legados familiares y cambios de manos, y que han sido atribuidas erróneamente a autores menores o registradas sin el peso de la autoría de Buonarroti. Salerno afirma haber identificado alrededor de veinte piezas con ese probable itinerario, entre las que cita un estudio para el pie de una de las sibilas de la Capilla Sixtina, subastado recientemente en nueva york por Christie’s.
Reacción del Vaticano y composición del comité
Ante la hipótesis, la Oficina de Comunicación de la Fábrica de San Pedro confirmó que, en el marco de los actos por el 550 aniversario del nacimiento del artista (1475-2026), se creó un comité encargado de proponer y evaluar investigaciones sobre la obra de Buonarroti. Entre sus miembros figuran estudiosos como William Wallace (Washington University, Saint Louis), Hugo Chapman (Museo Británico), la directora de los Museos Vaticanos, Barbara Jatta, así como autoridades culturales italianas vinculadas a la Fundación Buonarroti y a la Academia de las Artes de Florencia.
La propia Valentina Salerno integra ese grupo, que por ahora ha preferido guardar silencio sobre conclusiones definitivas. Ese mutismo institucional contrasta con la escasez de nuevas atribuciones verosímiles desde finales del siglo XX: desde 1980 solo se han incorporado cinco dibujos más reconocidos como obra de Miguel Ángel.
Implicaciones para el mercado y la historia del arte
Si la hipótesis se comprobara, las consecuencias serían notables: la identificación de dibujos y obras inacabadas ocultas durante siglos podría alterar tanto la historiografía como el mercado del arte, elevando el valor de piezas hoy consideradas menores. Además, reabriría debates sobre la gestión del legado de los grandes maestros y las estrategias de protección frente a la especulación.
Mientras el comité evalúa fuentes, coincidencias patrimoniales y cadenas de custodia documentadas, especialistas y casas de subastas observan con interés y cautela. La investigación, por su alcance, combina el rigor archivístico con técnicas de connoisseurship y seguimiento genealógico, formando así una aproximación multidisciplinar al enigma dejado por uno de los grandes del Renacimiento.
