
Ratan Tata, un destacado referente en varias facetas, falleció el miércoles por la noche en Bombay, generando una ola de condolencias y admiración casi unánime. El último líder de la dinastía Tata simbolizaba la ética empresarial en India y defendía estándares internacionales en un contexto donde raramente se encontraban.
Es complicado sintetizar el legado de Tata, marca emblemática de India, conocida por su excelencia en una vasta gama de sectores que van desde la hotelería hasta la aviación, o desde la consultoría hasta las plantaciones de té. Después de seis décadas de asociación con la empresa creada por su bisabuelo materno, asumió el liderazgo del conglomerado en 1991, tras la cesión de su pariente JRD Tata.
Ratan Tata, quien llevó a cabo sus estudios en arquitectura en EE.UU. y tenía una preferencia inicial por trabajar en IBM, tomó el mando de un grupo valorado en 4.000 millones de dólares y se retiró a los 75 años, cuando la compañía superó los 100.000 millones de dólares en 2012. Sin embargo, en 2016, expresó su arrepentimiento por elegir a un sucesor de su misma filosofía y volvió a dirigir la empresa por cinco meses más. Hasta su deceso, mantuvo el cargo de presidente de Tata Sons, la división inversora del conglomerado.
Su camino estuvo marcado por aciertos y errores, pero los resultados hablan por sí mismos. Initió una de las mayores ofertas públicas de acciones en Asia con Tata Consultancy Services (TCS), prefiriendo no listar otras partes de la empresa. También intentó proporcionar a los indios un vehículo accesible, el coche más barato del mundo, aunque este esfuerzo fracasó, revelando que el ascenso social en India se da dentro de la clase media y no desde la clase baja.
La reciente compra de Jaguar Land Rover le trajo una gran satisfacción, especialmente por el todoterreno Land Rover, más que por la adquisición del lujoso Jaguar. Por otro lado, la compra de British Steel, que posteriormente se fusionó con Corus, lo estableció como el empresario más grande del Reino Unido en términos de plantilla. Su imperio, que comenzó en la antigua India británica, está en auge, aunque su hogar familiar era tan extenso que se planteó transformarlo en un museo, con cincuenta empleados a su servicio.
La conexión de Ratan Tata con el Reino Unido no es fortuita. Nació en el seno de una comunidad que ha mantenido lazos estrechos con la dominación británica y, en el pasado, con las rutas del opio: los parsis. Esta comunidad solía hacer negocios con los británicos, compartir comidas y disfrutar de conciertos de música orquestal sin restricciones dietéticas, viajando juntos en clase premium.
Ratan Tata es también uno de los últimos discípulos de Zaratustra que todavía existen, siendo cerca de la mitad de ellos residentes en Bombay. Los parsis, conocidos como zoroastrianos debido a su origen persa, han aportado significativamente al comercio, la industria, la gastronomía y la cultura musical de la ciudad india.
En Bombay, hay empresarios mucho más acaudalados que Ratan Tata que también hablan gujaratí, pero su nivel de respeto es incomparable.
Apasionado por la aviación, Ratan Tata tuvo la oportunidad de liberar a su familia de una reivindicación que había perdurado por setenta años. La aerolínea Air India empezó como una compañía privada, creada por un Tata y luego nacionalizada por Nehru dos décadas después. Durante el último periodo de su gestión, el grupo comenzó a recuperarse gracias al lanzamiento de dos nuevas aerolíneas: Vistara y Air Asia India, esta última con participación de la malaya Air Asia, cuyo fundador es Tony Fernandes. Sin embargo, el mayor triunfo llegó hace un par de años, cuando Tata logró recuperar la emblemática Air India, privatizada específicamente para él por el primer ministro Narendra Modi. Este jueves, mientras los aviones de Air India y Vistara atraviesan los cielos, envían un mensaje en homenaje a Ratan Tata, recordando su legado.
Uno de los momentos más críticos en su vida fue el ataque terrorista que tuvo lugar en Bombay en 2008, llevado a cabo por un grupo yihadista enviado desde Karachi. El famoso y elegante hotel Taj Mahal se convirtió en un escenario aterrador, donde las explosiones resonaban mientras los huéspedes eran tomados como rehenes y las llamas consumían sus instalaciones.
Tata, quien había sido un claro representante del secularismo y liberalismo hasta ese momento, comenzó a tener más acercamientos con el Partido del Pueblo Indio (BJP), liderado por Narendra Modi y su futuro ministro del Interior, Amit Shah. Esta relación se consolidó cuando accedió a trasladar la producción del Tata Nano a Guyarat, en lugar de Bengala Occidental, donde los comunistas, que apoyaban la iniciativa, fueron derrotados por la oposición a la expropiación de tierras agrícolas para propósitos industriales.
Ratan Tata, a sus 86 años, no dejó viuda ni descendencia, dado que nunca contrajo matrimonio. Su vida personal ha sido tratada en India con gran discreción, y fuera de ciertos círculos selectos de su vecindario en Colaba, Bombay, sigue siendo un enigma.
El ministro de Relaciones Exteriores de India, S. Jaishankar, se refiere al acontecimiento como «el cierre de un capítulo», mientras que Modi lo califica como un «pensador visionario».
El empresario ya retirado fue ingresado en el hospital Breach Candy en el sur de Bombay el lunes, debido a problemas de salud vinculados con la edad. Aunque pocos han hecho tanto por su comunidad, la controversia ha surgido porque su deseo final habría sido optar por la cremación, como practican hindúes o budistas, en Worli, en lugar de ser llevado a la Torre del Silencio en Malabar Hill, donde tradicionalmente los restos de su fe son despojados por buitres.
Esto con la intención de no contaminar el suelo, el agua, el aire, ni siquiera el fuego en Bombay. Este lugar es esencial para la fe zoroastriana, donde en sus templos siempre arde una llama que ha estado encendida desde tiempos inmemoriales. Su enfoque será implantar su racionalismo dentro de su propia comunidad y religión, algo menos habitual que exigirlo fuera.
