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Cómo la estrategia de Trump reconfigura la influencia de Estados Unidos en América Latina

La segunda presidencia de Trump convierte a América Latina en un foco de control estratégico: bilateralismo, presión sobre China y una operación en Venezuela marcan el nuevo rumbo

La vuelta de Donald Trump al poder implica una reorientación clara de la política exterior estadounidense hacia un enfoque centrado en control y espacios de influencia. Lejos del aislamiento clásico, el nuevo curso prioriza acuerdos directos y herramientas de poder duro cuando conviene, relegando al multilateralismo a un papel instrumental o secundario.

En este contexto, América Latina y el Caribe dejan de ser un apéndice diplomático para convertirse en un teatro prioritario donde se prueban tácticas de presión modernas y tradicionales.

Este giro no es sólo externo: la lógica aplicada fuera de las fronteras tiene réplicas domésticas que agravan tensiones entre corrientes del Partido Republicano y nuevos actores económicos.

La política de “America First” entiende la proyección internacional como una extensión del interés nacional privado y estatal, lo que redefine prioridades y prácticas de la potencia norteamericana.

De la doctrina Monroe a un bilateralismo estratégico

La actual administración rescata elementos de la Doctrina Monroe pero los adapta a un marco contemporáneo: el objetivo ya no es tanto la defensa de un ideal hegemónico universal como la obtención de ventajas concretas para estados unidos. Ese marco muta en una estratagema que combina acuerdos bilaterales, abandono selectivo de compromisos multilaterales y uso táctico de instituciones internacionales cuando sirven a intereses inmediatos. El resultado es un patrón de actuación que prioriza la eficacia directa sobre la legitimidad global.

El papel de los acuerdos y la erosión del multilateralismo

Cuando un proceso multilateral no produce beneficios tangibles en el corto plazo, la administración opta por cerrarlo o ignorarlo. Organismos como la OTAN o tratados climáticos y de salud internacional se vuelven prescindibles si limitan la capacidad de acción unilateral. Esta orientación favorece la negociación por esferas de interés en vez de por valores compartidos, y abre espacio a relaciones pragmáticas incluso con regímenes autoritarios si sirven a la estabilidad y al acceso a recursos.

América Latina como laboratorio de control

En la práctica regional, Washington ha intensificado su activismo con prioridades claras: frenar la influencia de China, asegurar el acceso a recursos estratégicos y establecer preferencias comerciales y geopolíticas para empresas estadounidenses. La captura en Caracas de Nicolás Maduro en enero de se interpretó como una demostración de fuerza y de un nuevo tipo de intervención: operaciones selectivas que buscan resultados concretos sin necesariamente promover una transición democrática amplia.

Instrumentos y consecuencias

La táctica combina sanciones, presión económica, operaciones de inteligencia y, en casos extremos, acciones militares unilaterales destinadas a descabezamientos o a la apropiación de activos estratégicos. Ese modelo experimental —que en algunos episodios se acerca a la figura de un neoprotectorado— erosiona normas sobre soberanía y derecho internacional, y genera incertidumbre política en países que deben decidir entre alineamiento, equidistancia o resistencia.

Implicaciones internas y respuestas regionales

Dentro de Estados Unidos, la orientación exterior refuerza a una élite que privilegia el control efectivo por encima de la legitimidad normativa, tensionando a conservadores tradicionales y actores vinculados al sector tecnológico y financiero. Esta correlación de fuerzas incentiva políticas que reducen contrapesos y concentran competencias en manos del Ejecutivo, con efectos potencialmente desestabilizadores en el mediano plazo.

Para América Latina la estrategia plantea dilemas concretos: aceptar subordinación estratégica, buscar diversificación de alianzas o articular respuestas colectivas. La ausencia de una coordinación regional robusta dificulta reacciones conjuntas; no obstante, la apertura de mercados y acuerdos con Europa y otras potencias ofrecen alternativas para mitigar la presión unilateral. El reciente avance del acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur constituye un ejemplo de esas vías alternativas.

Limitaciones del enfoque coercitivo

A pesar de su aparente contundencia, la política de coacción tiene costos: puede alejar aliados históricos, provocar inestabilidad política y alimentar tendencias de diversificación hacia terceros actores. La historia muestra que intervenciones centradas en control no garantizan aliados estables ni gobernabilidad duradera. Por ello, la estrategia estadounidense enfrenta un riesgo estratégico: lograr concesiones a corto plazo mientras socava el consentimiento político necesario para una influencia sostenida.

En síntesis, la administración Trump reconfigura la proyección de poder de Estados Unidos mediante un cóctel de bilateralismo, coerción selectiva y pragmatismo con regímenes autoritarios cuando conviene. América Latina se encuentra en el epicentro de esa prueba geopolítica, obligada a negociar su espacio estratégico entre presiones de dominación y la búsqueda de alternativas multirregionales que preserven la autonomía y la estabilidad.


Contacto:
Roberto Conti

Veinte años vendiendo casas que cuestan tanto como un departamento normal en otras ciudades. Ha visto familias hacer fortunas y otras perderlo todo en el ladrillo. Conoce cada truco de los anuncios inmobiliarios y cada cláusula oculta en los contratos.