La fisioterapeuta explica cómo hormonas, composición muscular y carga mental se combinan para aumentar el riesgo de dolor de espalda en mujeres y por qué el tratamiento debe incluir fortalecimiento y gestión del estrés

El dolor de espalda es una de las molestias más comunes entre la población adulta, pero las consultas muestran una tendencia clara: las mujeres lo padecen con mayor frecuencia. Una fisioterapeuta que participa en el pódcast Tiene Sentido resume las causas clave y propone un enfoque integral que va más allá de los masajes.
Este texto reordena y amplía esa explicación: describe los factores biológicos que influyen en la estabilidad vertebral, revisa la relación entre composición muscular y riesgo de lesión, y analiza cómo el estrés y las responsabilidades diarias aumentan la percepción del dolor.
Factores biológicos que afectan la estabilidad
Una de las razones principales es la influencia de las hormonas sobre la elasticidad de los tejidos. Las mujeres experimentan variaciones hormonales por los ciclos menstruales, el embarazo y la menopausia, etapas que alteran la laxitud de ligamentos y fascias. Esa mayor elasticidad se traduce en menos estabilidad artromuscular, por lo que la columna vertebral depende más de la acción coordinada de la musculatura para mantenerse alineada.
Cuando los tejidos no ofrecen el mismo grado de tensión pasiva, los músculos estabilizadores deben activar con más frecuencia. Si no hay fuerza suficiente en esos grupos musculares, aparecen compensaciones, fatiga y, a la larga, dolor mecánico o sobrecargas localizadas.
Embarazo y cambios estructurales
Durante la gestación se producen modificaciones posturales —como la anteversión pélvica— y aumento de peso que incrementan la carga sobre la región lumbar. El efecto hormonal de relajación ligamentaria facilita la acomodación del feto, pero también reduce la rigidez necesaria para una mecánica óptima. Por eso muchas mujeres desarrollan lumbalgia en embarazo y requieren ejercicios de estabilización y control del movimiento.
Composición muscular y riesgo de dolor
La fisioterapeuta apunta a otro aspecto menos visible: la composición muscular. En términos generales, las mujeres tienden a tener menor proporción de fibras específicas relacionadas con la estabilidad profunda de la columna. Estas fibras, cuando son insuficientes, dificultan la capacidad de mantener el tronco estable frente a esfuerzos cotidianos.
La consecuencia práctica es sencilla: sin un programa de fortalecimiento focalizado en el core y los músculos paravertebrales, aumenta la probabilidad de sufrir episodios dolorosos. Por tanto, los tratamientos eficaces combinan técnicas manuales con programas activos que recuperen fuerza y resistencia.
Qué músculos entrenar y por qué
Es recomendable prestar atención al transverso del abdomen, el multífido y los músculos glúteos, porque trabajan en sinergia para controlar la pelvis y la columna. Trabajos de baja carga con activación neuromuscular progresiva suelen ser más útiles al inicio que ejercicios aislados de alta intensidad.
Factores psicosociales: la carga invisible
Más allá de la biología, la especialista enfatiza la influencia del estrés y la llamada «carga mental» en la génesis del dolor. Muchas mujeres asumen tareas tanto visibles como invisibles —gestión del hogar, cuidados, planificación— y esa tensión constante incrementa la activación simpática, lo que mantiene los músculos en estado de alerta y favorece la rigidez.
La percepción del dolor no es solo física: ansiedad y fatiga emocional amplifican las señales nociceptivas. En consecuencia, cualquier programa de abordaje debe contemplar estrategias para reducir la carga psíquica y promover hábitos de descanso y autocuidado.
Estrategias para minimizar la carga mental
Intervenciones sencillas, como repartir responsabilidades, establecer límites y dedicar tiempo a actividades restauradoras, reducen la tensión general. Técnicas de respiración, biofeedback y terapias cognitivo-conductuales pueden acompañar el trabajo físico para lograr una reducción sostenida del dolor.
La combinación de factores —hormonales, musculares y psicosociales— explica por qué muchas mujeres reportan más dolor de espalda. La experta subraya que limitarse a tratamientos pasivos puede aliviar temporalmente, pero no evita futuras recaídas. Un enfoque integral incluye: evaluación postural, fortalecimiento progresivo del core, educación sobre ergonomía y técnicas para gestionar el estrés.
En la práctica, comenzar con ejercicios de activación local y avanzar hacia programas funcionales que incorporen trabajo de resistencia y control motor suele ofrecer mejores resultados. Asimismo, reconocer la dimensión emocional del dolor permite diseñar cuidados más completos y efectivos.
Abordar esas tres líneas a la vez es la mejor estrategia para reducir el sufrimiento y mejorar la calidad de vida.
