El auge de la IA podría esconder una burbuja que amenace la estabilidad financiera global.

En los últimos meses la percepción pública de la inteligencia artificial ha pasado de la admiración tecnológica a una preocupación palpable por sus repercusiones económicas. Las voces más influyentes, desde Elon Musk hasta reguladores del Banco Central Europeo, han señalado que el ritmo desmedido de inversión podría desencadenar una burbuja financiera tan peligrosa como la que devastó al sector puntocom a principios del siglo XXI.
El 9 de septiembre, el investigador Jacob Coxon, recién salido de Anthropic, lanzó una acusación que resonó en la comunidad: tanto Anthropic como su rival OpenAI estarían “jugando con nuestras vidas”, al avanzar sin control hacia sistemas que, según él, podrían ser una amenaza existencial antes de que termine la década.
Un compañero de Anthropic, Evan Hubinger, respaldó la alarma al asignar un 10 % de probabilidad de que la IA cause la extinción humana en diez años, intensificando el debate sobre la verdadera magnitud del riesgo.
Advertencias internas y llamamientos a la pausa
Frente a esas declaraciones, Anthropic anunció el 11 de septiembre haber bloqueado al menos cinco proyectos que podrían haber facilitado el desarrollo de armas biológicas. Al día siguiente, su director ejecutivo, Dario Amodei, pidió reducir el ritmo de progreso, advirtiendo que una expansión sin límites “puede perder el control” y desencadenar ciberataques bioterrorismo o graves trastornos económicos. OpenAI, que planeaba una salida a bolsa valorada en más de un billón de dólares, pospuso su IPO, lo que provocó una caída moderada de varias acciones del sector tecnológico, incluida la española ACS, que vio afectar su proyecto de centros de datos.
La estructura financiera que sustenta la carrera de la IA
Detrás del brillo de los nuevos modelos, la arquitectura de financiación resulta frágil. Nvidia, principal fabricante de GPUs, muestra en sus balances decenas de miles de millones en “cuentas por cobrar”. Aproximadamente el 39 % de sus ingresos trimestrales proviene de dos compradores anónimos, denominados “Cliente A” y “Cliente B”, que actúan como ensambladores y revendedores. Si estos intermediarios enfrentan dificultades, el flujo de efectivo de Nvidia podría secarse de forma abrupta.
Empresas como CoreWeave ilustran el ciclo de apalancamiento: solicitan préstamos millonarios para adquirir GPUs, alquilan capacidad de cómputo, usan esos mismos equipos como garantía y vuelven a endeudarse. Los ratios de deuda sobre capital superan 5: 1, lo que solo es viable mientras los precios de alquiler se mantengan altos y el valor de reventa de los chips no caiga. Un descenso del precio de la GPU H100, que ronda los 50 000 USD, generaría “margin calls” que obligarían a los bancos a ejecutar garantías y vender los procesadores en masa, colapsando su valor.
Escenarios de colapso y paralelismos históricos
Un análisis reciente del The Infographics Show muestra cómo un impago inesperado de una empresa de infraestructura podría desencadenar una reacción en cadena: los bancos incautarían las GPUs, la sobreoferta en el mercado secundario desplomaría los precios y, en cuestión de horas, Nvidia tendría que reconocer cientos de millones como incobrables, provocando una fuerte caída de su cotización y arrastrando a otras compañías tecnológicas.
Este patrón recuerda la explosión de la burbuja puntocom entre 1995 y 2000, donde la sobrevaloración de empresas sin modelos de negocio sostenibles provocó la pérdida de más del 80 % del valor del Nasdaq. Aunque la tecnología subyacente –en aquel caso, Internet– sobrevivió y se volvió esencial, el derrame financiero dejó secuelas prolongadas. La IA podría seguir una trayectoria similar: su potencial es indiscutible, pero la sobreinversión y la falta de rentabilidad inmediata plantean riesgos estructurales que los reguladores y los propios gigantes del sector deben abordar.
Mientras algunos piden una frenada regulatoria, la realidad muestra que detener el desarrollo es imposible; sin embargo, una supervisión más rigurosa y una valoración realista de los modelos de negocio podrían evitar que la actual burbuja de la IA se convierta en una crisis de proporciones históricas.

