El Santo Padre urge a Europa a reencontrar sus orígenes y ofrecer una acogida humana, mientras denuncia la amenaza de los nacionalismos.

El 28 de septiembre de 2026, el Papa León XIV culminó su gira apostólica en Francia con un discurso en el Centro de Congresos Robert Schuman, en Metz. La ceremonia contó con la presencia del presidente francés Emmanuel Macron el cardenal Jean-Marc Aveline y varios dignatarios europeos.
En un entorno cargado de simbolismo —el mismo lugar donde el «padre» de la UE, Robert Schuman, redactó la Declaración de 1950— el Pontífice lanzó una carta de llamado a la paz y a la unidad del viejo continente.
León XIV no se limitó a comentar la situación migratoria, aunque subrayó que la dignidad humana exige vías legales seguras, rescate y asistencia a las víctimas del tráfico, y procesos de integración que permitan a cada persona vivir con respeto en su propia tierra.
Sin embargo, el Papa advirtió que esas medidas, por muy completas que fueran, no bastarían si no se acompañan de un proceso profundo de reconstrucción cultural y de escucha al otro.
El discurso en Metz: contexto y principales mensajes
El Papa inició su intervención reconociendo la dificultad de definir Europa de forma geográfica, describiéndola antes como una *realidad cultural e histórica* que se ha formado a lo largo de siglos: desde la civilización helenística, pasando por el Imperio romano, la difusión del cristianismo y la incorporación de los pueblos germánicos y eslavos. Según León XIV, el desafío actual es «un encuentro sin precedentes entre pueblos y culturas», que demanda tanto un «redescubrimiento creativo de nuestras raíces» como una atención cuidadosa a la diversidad emergente.
Enfatizando la urgencia del momento, el Santo Padre señaló que Europa vive un período de «alcance histórico», una era marcada por la tensión entre la globalización y el resurgimiento de nacionalismos. En su visión, la respuesta no pasa por el aislamiento, sino por una acogida solidaria que incluya a los migrantes como miembros de la familia europea, posibilitando el desarrollo de sus talentos y la participación en la vida comunitaria.
Raíces históricas y valores que sostienen la unión europea
El discurso recordó el legado del monje san Benito quien, según el Papa, fundó una tradición de ayuda a los pobres, educación, hospitales y derecho que sigue siendo la columna vertebral de la civilización occidental. León XIV afirmó que sin esa herencia monástica, «la Europa tal como la conocemos no existiría». Además, citó a Robert Schuman, cuya formación cristiana le inculcó el valor de la igualdad y la dignidad del trabajo, y a Alcide De Gasperi cuyo pensamiento consolidó una moral común basada en la responsabilidad individual y el respeto al derecho internacional.
El Pontífice subrayó que no se trata de imponer un criterio confesional exclusivo; al contrario, la referencia al cristianismo sirve para reconocer que la apertura a lo trascendente es una dimensión esencial de la persona y una fuente viva de civilización. Resaltó el artículo 17 del Tratado de Funcionamiento de la UE, que promueve el diálogo abierto entre instituciones y confesiones, y recordó que la laicidad europea implica colaboración y respeto mutuo entre Estado y iglesias.
El reto de la multiculturalidad y la paz creativa
León XIV advirtió que las relaciones entre pueblos y Estados se están volviendo cada vez más «bárbaras» cuando se ignora el derecho internacional y el multilateralismo. Rechazó la idea de un irenismo ingenuo y, al mismo tiempo, la ilusión de un rearme como solución. En su lugar, propuso una negociación audaz y un diálogo paciente que consista en sacrificar posiciones menores para alcanzar la paz mayor.
El Papa concluyó su intervención invitando a los líderes presentes a testimoniar, más allá de las fronteras, que es posible reencontrarse, construir amistad y forjar una Europa que, al recordar sus raíces y escuchar al otro, pueda ofrecer una vida digna a todos sus habitantes.

