El Mundial de Fútbol 2026 no solo es un evento deportivo, sino un escenario donde se reflejan las tensiones políticas globales y el poder del deporte.

El Mundial de Fútbol 2026, que comenzó el 11 de junio en Estados Unidos, México y Canadá, es el torneo de selecciones más grande jamás organizado. Con 48 equipos, 104 partidos y 16 ciudades sede, se espera que genere ingresos de 13,000 millones de dólares para la FIFA.
Sin embargo, más allá de las estadísticas, este evento deportivo se ha convertido en un escenario político donde se reflejan las tensiones globales y el poder del deporte.
El fútbol, como fenómeno global, ha sido históricamente un reflejo de las dinámicas políticas.
Desde la Guerra Fría hasta las tensiones actuales, los torneos internacionales han servido como plataformas para proyectar poder y legitimidad. El Mundial 2026 no es la excepción, y su organización en Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump ha añadido una capa adicional de complejidad política.
El fútbol como herramienta de poder blando
El concepto de poder blando acuñado por el geopolítico Joseph Nye describe la capacidad de un Estado para influir en otros mediante valores, cultura e instituciones. Los grandes eventos deportivos han sido uno de los instrumentos más eficaces de este poder blando. Rusia en 2018 y Catar en 2026 buscaron proyectar una imagen de modernidad y legitimidad internacional a pesar de sus contradicciones en materia de derechos humanos.
Sin embargo, el Mundial 2026 parece seguir un camino diferente. La administración de Trump ha optado por una política de dominio en lugar de atracción, implementando restricciones migratorias que han disuadido a potenciales visitantes. Esto contrasta con la tradición de usar el fútbol como una herramienta de poder blando para atraer y convencer.
La FIFA y la captura del poder
El modelo de gestión de la FIFA bajo el mandato de Gianni Infantino ha sido objeto de escrutinio. Infantino llegó al cargo en 2016 prometiendo transparencia tras el escándalo de corrupción conocido como Fifagate. Sin embargo, su estilo de liderazgo ha sido descrito como un gobierno personalista donde acumula lealtades individuales en lugar de seguir procedimientos institucionales.
La secuencia de países anfitriones bajo su mandato traza una línea coherente: Putin en 2018, el emir Al-Thani en 2026, Trump en Estados Unidos 2026, y Mohammed bin Salman en Arabia Saudí en 2034. Esta elección de anfitriones refleja una estrategia de captura institucional donde la FIFA sirve a intereses específicos en lugar de su mandato original.
El impacto de las migraciones y la diversidad
El Mundial 2026 también ha destacado por la creciente presencia de equipos del Sur Global. Países que históricamente no han sido relevantes en el fútbol, como los de África y América Latina, han adquirido mayor competencia. Este fenómeno refleja las dinámicas migratorias y la diversidad cultural que enriquecen el deporte.
África, en particular, ha tenido un desempeño notable. Nueve de los diez equipos participantes han accedido a la fase eliminatoria, superando expectativas y demostrando un nivel competitivo creciente. Este éxito contrasta con las dificultades económicas y sociales del continente, subrayando el papel del fútbol como un reflejo de la resiliencia y la capacidad de superación.
Además, la presencia de futbolistas inmigrantes o de origen en selecciones europeas y norteamericanas ha añadido una dimensión política al torneo. La elección de jugar para los países de sus ancestros, ya sea por oportunidad o por identidad cultural, refleja las complejas dinámicas de la diáspora y la globalización.
Es un escenario político donde se reflejan las tensiones globales, el poder del deporte y las dinámicas de migración y diversidad. Desde las restricciones migratorias de Trump hasta el éxito de los equipos africanos, este torneo nos recuerda que el fútbol es un espejo de la sociedad y un campo de batalla político.
