Silvio Garattini, fundador del Instituto Mario Negri, defiende que la longevidad depende más de los hábitos diarios que de la genética; propone movimiento, moderación y educación sanitaria

El doctor Silvio Garattini, fundador del Instituto de Investigaciones Farmacológicas Mario Negri, es un ejemplo viviente de la tesis que defiende: la salud sostenida a lo largo de los años tiene más que ver con lo que hacemos cada día que con un billete premiado en la lotería genética.
Con 97 años, su discurso público insiste en que muchas enfermedades crónicas podrían evitarse adoptando hábitos saludables y evitando la sobremedicalización. Su trayectoria científica —más de 13.000 publicaciones y la formación de numerosas generaciones de investigadores— le otorga autoridad para plantear un cambio de enfoque en salud pública.
Los recuerdos de su juventud en Bérgamo, marcada por la guerra y por una Italia que aún no disponía de un servicio sanitario nacional, fueron determinantes en su vocación. La muerte de su madre a los 67 años y las carencias de aquel entorno empujaron a Garattini hacia la investigación médica. Desde esa experiencia personal surge una crítica contundente: el sistema tiende a financiar tratamientos antes que invertir en educación para prevenir la enfermedad.
Prevención por encima de la receta
Garattini sostiene que la mejor inversión en salud pública es reducir los factores de riesgo conocidos: tabaquismo, consumo excesivo de alcohol, sedentarismo y una alimentación poco equilibrada. Según estudios internacionales, un elevado porcentaje de tumores estaría relacionado con esos determinantes. Para él, la solución no está en más comprimidos, sino en impulsar políticas y mensajes que estimulen la prevención y la responsabilidad individual. Introducir la enseñanza de la salud desde la infancia figura entre sus propuestas prioritarias.
Impacto en el sistema sanitario
La lógica es simple: si la población viviera de forma más saludable, habría menos consultas y menos gasto en tratamientos evitables, lo que liberaría recursos para quienes realmente necesitan intervenciones complejas. Garattini propone pensar la salud como un bien común cuya sostenibilidad requiere cambios en el estilo de vida. El objetivo no es culpar a las personas, sino reorientar los incentivos sociales y económicos hacia la promoción de hábitos que reduzcan la presión sobre los hospitales públicos.
Rutina y recomendaciones prácticas
En su vida diaria, el investigador aplica un plan sencillo y repetible. Camina aproximadamente cinco kilómetros a paso vivo cada día y evita el consumo de carne roja y mantequilla, optando por comidas moderadas. Prefiere cenar de forma más consistente después de un día en el que ha trabajado alimentándose con café y zumo de naranja. Esta pauta refleja su enfoque en la moderación calórica y la actividad constante como pilares de la longevidad.
Ejercicio y alimentación
Sobre la actividad física, Garattini recomienda dedicar entre 150 y 300 minutos semanales a ejercicios que supongan esfuerzo real —subir escaleras, caminar deprisa o tareas que eleven la frecuencia cardiaca— y distingue claramente ese tipo de movimiento del ocio pasivo. En materia de dietas, se muestra escéptico ante modas como el ayuno intermitente, subrayando que lo determinante es el balance global: la suma de las calorías consumidas, no tanto el horario en que se ingieren.
Riesgos de la medicina excesiva y la resistencia bacteriana
Uno de los mensajes más contundentes de Garattini es su rechazo a la prescripción innecesaria de fármacos. Él mismo lleva cuatro décadas sin tomar antibióticos y advierte sobre la amenaza que representa la resistencia bacteriana a escala mundial. Para el científico, reducir el uso indiscriminado de medicamentos y potenciar estrategias preventivas es esencial para conservar la eficacia de los tratamientos que no se pueden evitar.
Además de alimentarse y moverse con moderación, Garattini enfatiza la importancia de controlar el estrés y de mantener vínculos afectivos sólidos. Estas dimensiones psicosociales forman parte de su receta para envejecer con calidad: no basta con la composición de la dieta o con el ejercicio; la salud integral requiere un entorno emocional estable y hábitos sostenibles en el tiempo.
Educar para un cambio cultural
Para consolidar estas ideas, plantea que la educación para la salud sea parte del currículo escolar desde edades tempranas. Enseñar la diferencia entre ejercicio y actividad sedentaria, explicar la relación entre factores de riesgo y enfermedad, y fomentar la responsabilidad colectiva son propuestas que buscan un cambio cultural profundo. Solo así, según Garattini, se podrá reducir la dependencia de la medicina reactiva y construir sistemas sanitarios más equitativos y sostenibles.
En resumen, la experiencia de Silvio Garattini ofrece una lección práctica: la prevención, el movimiento regular y la moderación alimentaria son herramientas poderosas para alcanzar una vejez activa. Su ejemplo demuestra que muchas de las cuestiones que hoy tratamos con fármacos pueden abordarse, en primera instancia, con cambios sencillos en el día a día.

