Un mural de 1954 compuesto por 369 azulejos en la calle Santa Cruz de Marcenado deja de estar olvidado y empieza a contar con protección como Bien de Interés Patrimonial

En una esquina discreta del centro de la ciudad se esconde una obra que hasta hace poco apenas aparecía en las rutas habituales: el mural cerámico firmado por César Manrique. Realizado en 1954, el conjunto forma parte de la fachada y del interior de un local en el número 9 de la calle Santa Cruz de Marcenado, donde su lectura urbana quedó limitada porque solo una porción es visible desde la vía pública.
La intervención, compuesta por 369 azulejos y con una extensión aproximada de 15 metros cuadrados, ha permanecido integrada en la cotidianeidad del barrio sin recibir reconocimiento institucional durante décadas.
La reciente iniciativa administrativa que impulsa la Comunidad de Madrid —publicada en el Boletín Oficial de la Comunidad de Madrid— da inicio al trámite para declarar la pieza como Bien de Interés Patrimonial en la categoría de Monumento.
Esa noticia transforma la situación jurídica de la obra: deja de ser un elemento vulnerable ante reformas o derribos y pasa a contar con medidas que protegen su integridad y su visibilidad urbana. Vecinos y agentes culturales alertaron sobre la posibilidad de que obras en la fachada pusieran en peligro la pieza, lo que motivó la paralización temporal de las intervenciones por parte del Ayuntamiento.
Ubicación, formato y visibilidad
El mural ocupa tanto fachada como espacio interior del local, una solución de integración entre arquitectura y arte que Manrique ya exploró en su etapa madrileña. Desde la calle solo se aprecia una parte del conjunto, por lo que su lectura pública ha sido parcial; no obstante, su presencia material es completa: 369 azulejos esmaltados configuran una narrativa gráfica continua. Al tratarse de una intervención incorporada al edificio, su conservación exige medidas que consideren la envolvente arquitectónica y el uso del local, de ahí que la protección administrativa sea un paso clave para evitar modificaciones que fragmenten o eliminen la obra.
Lenguaje visual y contexto creativo
La composición canaliza una figuración geométrica que sintetiza escenas del mundo de la construcción: obreros colocando ladrillos, andamios, herramientas y varillas asociadas al hormigón armado. La paleta se restringe a tonos marrón, negro y blanco, rasgo característico de la etapa madrileña de César Manrique durante los años cincuenta. En ese periodo el artista trabajó en colaboración con arquitectos como José María Anasagasti, Julio Cano Lasso y Fernando Higueras, cimentando un enfoque que buscaba la integración arte-arquitectura y la presencia del arte en el espacio público cotidiano.
Influencia y continuidad en su obra
Aunque Manrique alcanzó mayor visibilidad por sus proyectos en Canarias —como Jameos del Agua, Mirador del Río o el Jardín de Cactus—, las piezas madrileñas muestran el germen de su lenguaje geométrico y su interés por unir naturaleza, arquitectura y experiencia. El mural de Santa Cruz de Marcenado funciona como testimonio temprano de esa búsqueda: no es un adorno aislado, sino un elemento pensado como parte del edificio, con un diálogo directo entre función, estructura y expresión artística.
De la invisibilidad a la protección
Hasta hace poco la obra carecía de cualquier figura legal de protección, circunstancia que la dejó expuesta a reformas y a la posibilidad de desaparición. La movilización vecinal ante las obras previstas en el local hizo saltar las alarmas y llevó al Ayuntamiento a paralizar los trabajos. Con el inicio del expediente para su declaración como Bien de Interés Patrimonial, la pieza obtendrá una tutela que impedirá su alteración o demolición y la reconocerá como patrimonio urbano. Además, se subraya su singularidad: es el único mural cerámico de César Manrique visible desde la calle en Madrid, lo que le otorga un valor añadido dentro del catálogo de obras integradas en la arquitectura de la ciudad.
La protección no solo garantiza la conservación material del mural, sino que consolida su papel en la memoria urbana: una obra nacida en 1954 que, tras décadas de discreta presencia, pasa a ocupar el lugar que merece en la cartografía cultural de la capital. Mantener su lectura pública, asegurar su integridad arquitectónica y comunicar su valor histórico serán los retos prácticos y simbólicos en los próximos pasos del proceso administrativo impulsado por la Comunidad de Madrid.

