Tras lo del 16-A la Maestranza vivió el 17 de abril de 2026 una tarde de contrastes: el brillo de Pablo Aguado, la oreja de Andrés Roca Rey y la complejidad de los toros de Domingo Hernández

Entrar a la plaza el 17 de abril de 2026 fue hacerlo envueltos en una atmósfera que todavía olía a lo ocurrido el día anterior. El público llegó en silencio, más contemplativo que crítico, con la sensación de que algo irrepetible había movido los relojes de la afición.
La referencia a Morante de la Puebla —remitida por muchos bajo la etiqueta 16-A— condicionaba la lectura de cualquier pase y hacía que cada gesto de los toreros se midiera contra esa estatura legendaria. En ese marco se desarrolló una tarde de la Feria de Abril donde la emoción y la rutina taurina convivieron con tensión.
La corrida, lidiada en la Real Maestranza, tuvo toros de Domingo Hernández, ejemplares desiguales, de comportamientos mansos y con destellos de calidad en el quinto. El cartel anunciaba a Alejandro Talavante, Andrés Roca Rey y Pablo Aguado, y el lleno absoluto prometía expectación. A lo largo de la tarde se alternaron detalles de temple, lances rituales y momentos de gran riesgo: desde verónicas clásicas hasta volteretas y atención médica posterior. El ambiente reforzó la idea de que la tauromaquia puede ser al mismo tiempo memoria, técnica y detonante de pasiones colectivas.
La reacción de Pablo Aguado
Fue Pablo Aguado quien, como una lámpara en la penumbra, prendió la tarde con un recibo por verónicas que recuperó la elegancia cadenciosa del toreo clásico. Sus primeros lances y el quite al segundo mostraron una predilección por el temple y la línea larga, rasgos que le valieron el reconocimiento del tendido. Con la muleta firmó tandas que buscaban la pureza del pase, pese a lidiar con animales de condición cuestionable. Aguado sufrió una caída fuerte y fue atendido por una cogida en el muslo derecho, incidente que no ocultó la solvencia de su concepto: toreo de apoyo, paciencia y estética controlada que, aun sin trofeos oficiales claros, dejó huella.
Roca Rey y Talavante: autoridad y enseña
Andrés Roca Rey asumió el reto de confirmar su jerarquía en un ruedo aún bajo la sombra de lo anterior. Su labor al quinto —el toro más destacable del encierro— tuvo mando y ajuste, con series que exigieron al animal por abajo y remates de peso. La ejecución de la espada le permitió obtener la única oreja oficial de la tarde, premio a una intervención de temple y sometimiento. Alejandro Talavante, por su parte, sorteó un lote desrazado: su estética y limpieza no encontraron la recompensa esperada y su papel quedó diluido frente a la exigencia física de los toros, aunque ofreció momentos de toreo medido y delicado.
Aspectos técnicos y decisiones
En lo táctico la tarde evidenció puntos claros: la importancia del compás y la colocación en la muleta cuando el toro tiene movilidad injusta; la utilidad del capote como instrumento de mando; y la diferencia entre dominar por fuerza o por temple. Faena aquí se entendió como proceso de construcción donde cada pase suma a la narrativa del toro y del torero. También se mostró la vulnerabilidad en el tercio final: la espada, pieza decisiva, condicionó trofeos y silbidos por igual, mostrando que la técnica de matar sigue siendo un juez implacable.
Balance y memoria de la jornada
La lectura final de la jornada en la Maestranza es la de una plaza que asume la coexistencia de la emoción y la normalidad taurina. Quedó patente que Morante había elevado una vara difícil de igualar, y que, aun así, toreros como Aguado supieron encender matices propios y conectaron con el graderío. El público se marchó con la sensación de haber vivido dos capítulos consecutivos de la misma novela: uno casi inmortal y otro de reconstrucción artística. La tarde confirmó que, en Sevilla, la historia y la contemporaneidad del toreo dialogan bajo el mismo albero.
