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Descubren que el cerebro podría ser el origen de las lesiones de isquiotibiales en el fútbol

Un estudio pionero sugiere que las lesiones de isquiotibiales en futbolistas podrían estar relacionadas con alteraciones en la comunicación entre el músculo y el cerebro.

Descubren que el cerebro podría ser el origen de las lesiones de isquiotibiales en el fútbol

Durante años, la comunidad deportiva ha buscado respuestas en el músculo para entender las lesiones de isquiotibiales. Sin embargo, un nuevo enfoque está cambiando esta perspectiva. Investigadores como Jurdan Mendigutxia están descubriendo que el cerebro podría ser el origen silencioso de una de las lesiones más comunes en el deporte.

Mendigutxia, reconocido fisiólogo y uno de los profesionales más demandados en el mundo del deporte, ha dedicado años a estudiar las lesiones musculares. Tras exhaustivos análisis y experimentos, se dio cuenta de que algo no encajaba. A pesar de los avances tecnológicos y los protocolos sofisticados, las lesiones seguían ocurriendo.

Fue entonces cuando decidió mirar más allá del músculo, hacia el cerebro.

Una hipótesis revolucionaria

Tradicionalmente, las lesiones musculares se han entendido desde un enfoque mecánico. El músculo se considera un motor que genera fuerza, se estira y se contrae. Sin embargo, Mendigutxia comenzó a sospechar que esta explicación era incompleta. «Siempre hemos tratado el músculo como un motor», asegura. «Pero quizá el problema no es el motor…sino la señal que lo controla».

Su hipótesis introduce un matiz decisivo: cuando un isquiotibial se lesiona, no solo se produce daño estructural. También puede haber una alteración en la forma en que ese músculo se comunica con el sistema nervioso central. Es como si hubiera una interferencia o un «de juego del teléfono roto». El músculo sigue enviando información, pero no con la misma claridad, timing o precisión. En un deporte donde todo ocurre en milisegundos, este desfase puede ser la diferencia entre llegar o romperse.

El experimento en Colombia

Para comprobar su intuición, Mendigutxia necesitaba ir más allá de los protocolos habituales. No bastaban los test de fuerza ni los análisis 3D de movimiento. Decidió observar directamente qué ocurría en el cerebro. El lugar elegido no fue un gran centro europeo ni un laboratorio de referencia internacional, sino una clínica en Colombia.

Diseñó un sistema para acoplar una polea de madera a una máquina de resonancia magnética. El objetivo era que jugadores con lesión de isquiotibiales pudieran realizar ejercicios específicos mientras se registraba, en tiempo real, la actividad de su cerebro. La condición era estricta: no podían mover la cabeza más de 0,2 cm. Todo debía ejecutarse con precisión absoluta dentro de un entorno cerrado y exigente.

Los resultados: una reorganización cerebral

Los resultados no solo confirmaron la hipótesis, sino que la ampliaron. Tras una lesión de isquiotibiales, el cerebro cambia su forma de procesar la información que recibe desde ese músculo y sufre una reorganización como consecuencia (neuroplasticidad). No es únicamente un problema de fuerza o de capacidad contráctil. Es un problema de calidad de señal.

Mendigutxia lo explica de forma gráfica: «Es como si te estuvieran llamando y la señal fuera débil. El mensaje llega con interferencias, llega tarde o directamente no llega». Desde un punto de vista neurofisiológico, lo que se altera es el sistema sensoriomotor. El músculo, que constantemente envía información sobre su estado, deja de comunicarse de manera eficiente. El cerebro, que debería procesar, comparar, corregir y ajustar automáticamente el movimiento, recibe datos incompletos o distorsionados.

El momento exacto de la lesión

Durante años, se creía que el origen de la lesión estaba en un exceso de elongación del bíceps femoral durante el sprint. Sin embargo, los datos actuales muestran algo distinto. En muchas situaciones, la fibra muscular no alcanza niveles extremos de elongación. Incluso puede ocurrir lo contrario: que se acorte.

«Los análisis biomecánicos no logran identificar de forma consistente un cambio previo respecto a los pasos previos que explique la lesión», explica Mendigutxia. «Se observan consecuencias, pero no causas claras». El fútbol moderno impone demandas visuo-motor-cognitivas enormes. El jugador no solo corre: decide, interpreta, anticipa. Y es precisamente en esos momentos de máxima carga cognitiva donde más lesiones se producen.

Cuando la demanda cognitiva aumenta, el sistema se estresa. Y si la señal entre músculo y cerebro ya está deteriorada, el margen de error se reduce al mínimo. «Es como una llamada telefónica con mala cobertura», comenta Mendigutxia.

El cerebro como factor de riesgo

El cambio de perspectiva es profundo. Después de una lesión de isquiotibiales, no solo persisten alteraciones estructurales como edema o atrofia durante meses. También aparecen problemas de reposicionamiento y control de la fuerza. Pero, por encima de todo, lo que emerge es una alteración en la comunicación y una reorganización de la manera de procesar la información por parte del cerebro.

«Existe una incapacidad para procesar e integrar la información procedente de los receptores musculares por parte del cerebro», explica Mendigutxia. «Cuando eso ocurre, el sistema busca vías alternativas y compensatorias para obtener más información. La principal es la visión. El jugador depende más de lo que ve para compensar lo que no siente correctamente».

Esta estrategia, aunque útil a corto plazo, no sustituye la precisión del sistema automático. La señal sigue siendo débil. Y el riesgo sigue presente.

La revolución en la rehabilitación

El descubrimiento de Mendigutxia no propone una solución simple. No hay un ejercicio milagroso ni una tecnología definitiva. Lo que plantea es algo más profundo: que durante años se ha estado mirando en el lugar equivocado. Que el problema no era solo la estructura que se rompía, sino el sistema que dejaba de coordinarse.

«La readaptación de lesiones en el fútbol ha girado en torno a lo visible: la fuerza, la elongación, el control de la pelvis», insiste Mendigutxia. «Pero hay algo que sigue fallando. Especialmente en el isquiotibial, donde las recaídas continúan siendo demasiado frecuentes».

El problema es que hemos entendido el músculo únicamente desde lo mecánico y nos hemos olvidado de que también es un órgano sensorial. Cuando un futbolista se lesiona, no solo pierde capacidad física. Cambia la forma en que su cerebro se relaciona con ese músculo. La información sensorial procedente del músculo es defectuosa y lo que antes era automático deja de serlo.

«Pasamos de realizar acciones de manera automática a hacer un movimiento consciente, con una alta demanda cognitiva y muy dependiente de la visión por incapacidad para procesar la información sensorial», explica Mendigutxia. Este cambio es profundo. El jugador empieza a controlar el gesto, a vigilarlo, a pensar en él. Y el cerebro, como siempre, busca soluciones y se reorganiza, pero de una manera menos eficiente.


Contacto:
Diego Morales

Diego Morales escribe igual de bien sobre la táctica de un derbi madrileño y una ruta gastronómica por Asturias. Periodismo deportivo con contexto y crónica de viaje con itinerario real.