Un giro cromático promovido por el gobierno valenciano busca distanciar la imagen institucional del PSOE, pero despierta dudas sobre coherencia histórica y claridad comunicativa

La psicología del color no es una extravagancia menor cuando se trata de marcar la presencia pública de una institución. Gobiernos y marcas conocen que una tonalidad puede convertirse en sello de identidad: la imagen pública comunica incluso antes de que lo hagan los discursos.
En la Generalitat Valenciana se ha decidido emprender un cambio de imagen que, para muchos, suena más político que técnico: pasar del Pantone 186C al Pantone 293C. Quienes impulsan la medida, con dirigentes como Carlos Mazón y Pérez Llorca vinculados al proceso, sostienen que la actualización responde a una reorganización administrativa y a la necesidad de adaptar la comunicación institucional a nuevas prioridades.
La explicación oficial alude a una reestructuración de consellerias y a la obligación de que la imagen corporativa refleje las líneas estratégicas del nuevo Consell: frase que incluye intención técnica y valor político. Según el propio argumento institucional, la reforma del manual de identidad pretende priorizar el azul en logos y aplicaciones, evitar usos indebidos y ofrecer seguridad jurídica a los órganos gestores y a la ciudadanía. El medio especializado Gràffica ha recogido esas líneas; sin embargo, críticos y observadores se preguntan si el cambio responde a criterios gráficos —como la adaptación a entornos digitales— o a una voluntad deliberada de reposicionar electoralmente la marca pública.
Un color con historia
La paleta institucional de la Generalitat no nació ayer: en 1984 los diseñadores Dani Nebot y Nacho Lavernia diseñaron un sistema de marca que situó el Pantone 186C como signo reconocible. Ese sistema, que ha perdurado durante décadas, convirtió el rojo en un identificador visual sólido, presente en sellos, banderas y aplicaciones administrativas. Además, la vinculación cromática se extiende más allá del diseño moderno: la historiadora María Elvira Mocholí recuerda que el escudo antiguo del Reino de Valencia se describía como «quatre pals de gules», es decir, franjas rojas sobre campo dorado. Este linaje sugiere que el rojo no es una invención reciente del PSOE, sino una tradición visual con arraigo histórico y cultural.
Tradición versus intervención
Cuestionar un color con tanta trayectoria no es inocuo. Cuando una administración sustituye un tono que ha funcionado durante años, altera no solo un logotipo sino un sistema de reconocimiento ciudadano. El riesgo es que la institución pierda coherencia: servicios que adoptan el nuevo azul conviven con soportes que se mantienen en rojo, y esa mezcla genera una percepción de dispersión. No se trata únicamente de una preferencia estética; hablamos de legibilidad institucional, de la capacidad de una comunidad para identificar a su administración sin confusión ni ruido informativo.
Consecuencias prácticas y políticas
En la práctica, ya se observan solapamientos: aplicaciones, webs y canales oficiales preparan un lenguaje visual en azul, mientras que elementos muy visibles —como algunos sistemas de transporte— permanecen en rojo. Esa coexistencia puede provocar que la Generalitat se parezca más a identidades privadas o deportivas que a una marca administrativa homogénea; MetroValencia o otras señas públicas que siguen con rojo son ejemplos de ese contraste. Para algunos analistas, la intención real del cambio es desalentar cualquier asociación automática entre el color y una fuerza política concreta, pero el resultado posible es justo el contrario: crear confusión y debilitar el mensaje institucional.
Motivaciones detrás del matiz
La lectura política del fenómeno no puede ignorarse. En un territorio donde los símbolos importan, desplazar el rojo hacia el azul puede interpretarse como un intento de aproximar la imagen institucional al espacio del Partido Popular y alejarla de la percepción de cercanía al PSOE. Sin embargo, la evidencia histórica demuestra que el rojo valenciano existía mucho antes de las disputas partidistas, por lo que la operación plantea una paradoja: ¿se reforma la marca para aclarar la identidad o se la fragmenta para diluirla? Para muchos, la segunda opción parece más plausible y menos transparente.
En última instancia, la decisión abre un debate sobre lo que significa gobernar la percepción pública. Cambiar un pantone no es sólo una cuestión técnica: es una elección simbólica con repercusiones prácticas en reconocimiento, coherencia y memoria colectiva. La cuestión que queda en el aire es si los ciudadanos valencianos pidieron esta discusión cromática o si, por el contrario, el desplazamiento del color responde a cálculos internos cuyo coste comunicativo aún está por medirse.
