Mario Alonso Puig advierte que la sensación de que «a mí no me pasará» reduce la urgencia de cuidar la salud y propone estrategias prácticas para sostener hábitos

En las conversaciones sobre bienestar suele aparecer una actitud recurrente: la convicción de que las enfermedades graves le suceden a otras personas. Según Mario Alonso Puig, esta postura no es un detalle menor, sino un factor que condiciona muchas decisiones diarias relacionadas con la salud preventiva.
Cuando la mente construye la idea de que uno es menos vulnerable que los demás, la energía para cambiar rutinas disminuye y se aplazan acciones que podrían evitar complicaciones futuras. Identificar esa creencia es el primer paso para transformar la conducta.
Esta dinámica tiene dos caras: por un lado, una explicación psicológica basada en el mecanismo de protección emocional; por otro, consecuencias prácticas que terminan afectando la calidad de vida. La evaluación que hacemos de los riesgos no siempre responde a datos objetivos, sino a narrativas internas que justifican la inacción. El reto, según Puerto —se refiere a Mario Alonso Puig— es sustituir esa narrativa por un enfoque activo y sostenible que ponga la atención en hábitos saludables en vez de en excusas.
La trampa de la invulnerabilidad
El cerebro humano tiende a simplificar la realidad para protegerse; una de esas simplificaciones es la sensación de que «eso le pasa a otros». Esta falsa seguridad funciona como un amortiguador emocional que reduce la urgencia de cambiar. Desde la perspectiva de la psicología de la salud, esa estrategia protege del miedo a enfrentar cambios, pero también impide adoptar medidas preventivas. En la práctica, muchas personas posponen dejar de fumar, mejorar la alimentación o empezar a hacer ejercicio porque su evaluación subjetiva del riesgo está distorsionada por esa creencia.
Consecuencias en las decisiones cotidianas
Cuando la percepción del peligro está minimizada, las elecciones del día a día se inclinan por la comodidad inmediata: comidas rápidas, menos movimiento y horarios irregulares de sueño. Esa combinación erosiona la salud a mediano y largo plazo. Mario Alonso Puig destaca que no se trata de fallos corporales, sino de patrones mentales: el sistema de creencias dirige prioridades y justifica la procrastinación. Reconocer la influencia de esos programas internos es clave para diseñar intervenciones que funcionen en el mundo real.
Cuando la imaginación sustituye a la acción
Otra idea central es que visualizar un objetivo saludable despierta sensaciones placenteras que pueden engañar: el simple acto de imaginarse más activo o en mejor forma activa circuitos cerebrales de recompensa. La visualización libera neurotransmisores como dopamina, serotonina y oxitocina, lo que produce una sensación de logro anticipado. Ese estado puede llevar a creer que ya se ha avanzado suficiente, sustituyendo la práctica concreta por la fantasía. El verdadero desafío es vincular la imagen mental con pasos reales y medibles.
Visualización versus conducta
La visualización resulta útil si se integra en un plan de acción. Pensar en cambios sin traducirlos en tareas específicas facilita la complacencia cerebral. Visualización aquí se entiende como la creación mental de un resultado deseado; su poder es real, pero limitado si no se acompaña de hábitos diarios. Por eso Puig insiste en la necesidad de diseñar rutinas pequeñas y sostenibles que se conviertan en comportamientos automáticos antes que en objetivos abstractos.
Estrategias para sostener el cambio
Para transformar la actitud de «eso le pasa al otro» en responsabilidad activa, es útil combinar disciplina con flexibilidad. Una regla práctica es evitar la mentalidad de todo o nada: fallar una vez no debe desencadenar el abandono total. En su enfoque, Mario Alonso Puig propone adoptar una postura firme pero compasiva, donde el error se reconoce sin autocrítica paralizante y se retoma el rumbo. Pequeños pasos repetidos generan cambios duraderos y reducen la dependencia de motivaciones extremas.
Lenguaje interno y compasión
El modo en que nos hablamos modela la identidad. Frases absolutas como «soy incapaz» o «no soy constante» actúan como etiquetas que limitan el cambio; reemplazarlas por formulaciones orientadas a la acción —por ejemplo, «quiero mejorar mi constancia»— abre posibilidades. Trabajar el lenguaje interno y conectar las metas con emociones concretas y pasos inmediatos facilita la adherencia. En resumen, transformar la creencia de invulnerabilidad implica reconocer la influencia de la mente y construir hábitos con compasión y método.

